Veinte minutos interminables en las JMJ

Fue la única ocasión en los cuatro días de las J.M.J. que S.S. Benedicto XVIII se retrasó. Desde las doce una riada interminable de jóvenes iba llegando a pie al aeropuerto militar de Cuatro Vientos, en las afueras de Madrid. A las 18 horas los diez kilómetros cuadrados destinados a la magna concentración juvenil estaban ya llenos, se había superado el millón de personas y la única entrada de acceso al recinto había sido cerrada. Los termómetros, en la capital, señalaban 38 grados a la sombra, pero en Cuatro Vientos no había sombra, sino un sol implacable sobre la multitud. Ocho camiones cisterna de bomberos empezaron a circular por los viales que dividían el recinto, arrojando agua sobre los jóvenes, mientras los casos de lipotimias y de golpes de calor se multiplicaban movilizando a las ambulancias.

El periodista Eulogio López, director del diario digital “Hispanidad”, comentó: “La confianza de los organizadores en la Divina Providencia es tan grande que si en lugar de tratarse de una muchedumbre de jóvenes católicos congregados para una vigilia de oración, se tratara de asistentes a un concierto de rock ya se habría producido una tragedia : una sola entrada – y por tanto una sola salida – para un recinto previsto para un millón de personas y en los mas duros días del verano en el páramo de Castilla”. “Seguramente – añadió – estos chicos están siendo hoy liberados de una cuarta parte de las penas del Purgatorio que les corresponderían”.

Y para colmo el Papa llegaba tarde. Los muchachos ignoraban que solo una razón es capaz de alterar el programa del Papa Benedicto XVI: el dolor humano. Y la vigilia de oración estaba precedida por la visita de Su Santidad al Instituto San José, donde la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios atienden a 170 discapacitados físicos, psíquicos y sensoriales. El Papa se reunió con ellos en el arbolado jardín del edificio y conversó sin preocuparse de la dictadura horaria del programa. Uno de los momentos más emotivos fue cuando Antonio Villuendas, un joven sordo de 20 años, le contó su vida : “ Los médicos dijeron a mis padres que habían detectado en el feto anomalías muy graves y propusieron el aborto. Yo vivo gracias al amor de mis padres y a su confianza en Dios, pero la soledad que siento en mi interior a veces me desanima”.

Escuchando y consolando a los discapacitados y sus familias Benedicto XVI llegó a Cuatro Vientos con 46 minutos de retraso. Poco después de que empezara la ceremonia, cuando iniciaba su discurso a los jóvenes, se desencadenó una tremenda tormenta de verano, una lluvia implacable agravada por ráfagas de viento que en unos instantes empaparon la casulla, el alba y demás hábitos con los que estaba revestido el Papa, incluidos sus zapatos rojos. Y lo mismo a los cardenales, obispos, sacerdotes y los centenares de miles de jóvenes.

De pronto sentí un espanto similar al que tuve el 11 de septiembre del 2001

En algunos momentos las ráfagas de aire y lluvia eran huracanadas y vi que el “arbol de la vida”, de 22 metros de altitud, ubicado en el centro del escenario, bajo el cual se encontraba el Papa y el altar, crujía y parecía moverse peligrosamente; una enorme pantalla cerca de donde yo estaba se apagó y un poste cayó; en el recinto donde estaban los jóvenes volaban los sacos de dormir y se cayeron cuatro de las diecisiete carpas, destinadas a la oración y a conservar los decenas de miles de formas destinadas a la comunión. El enorme “árbol de la vida” espectacular pieza arquitectónica del escenario, seguía crujiendo. De pronto sentí un espanto similar al que tuve cuando hace diez años, el 11 de septiembre del 2001, vi a uno de los aviones terroristas estrellarse contra la segunda de las Torres Gemelas en Nueva York.

“ ¡Dios mío, el Papa!” , pensé. Su Santidad sujetaba las páginas de su discurso, que habían quedado empapadas. Con la vista puesta en ellas solo una vez la alzó ensayando una sonrisa desdibujada, que pretendía transmitir serenidad, pero sus ojos azules expresaban otra cosa; los bajó, dando la impresión de que lo que le preocupaba era que no se volaran esas páginas. Poco después el Papa desapareció de mi vista, cuando sus secretarios lo protegieron con cuatro paraguas blancos que zarandeaba el temporal.

Esa angustiosa situación se prolongó durante veinte interminables minutos, hasta que los encargados de la seguridad pontificia aconsejaron que el Papa fuera retirado inmediatamente del escenario. Vi como tres hombres altos, vestidos de negro, lo alzaban del sillón y llevaban casi en andas – sus pies no tocaban el suelo – desapareciendo tras el fondo del escenario, mientras unos bomberos subían a la parte superior del mismo, arrancaban las telas que lo cubrían y se esforzaban por arreglar el andamiaje, que había quedado dañado.

Al cabo de ocho o diez minutos Benedicto XVI regresó al altar, revestido con la capa pluvial y la mitra, y en lugar de reiniciar el programado discurso y diálogo con los jóvenes, se pasaba a la fase siguiente de la vigilia, la Adoración Eucarística. Del piso del escenario ascendió la esplendida custodia de Enrique de Arfe, traída de la catedral de Toledo. El Papa se puso de rodillas ante ella y el millón de jóvenes se arrodillaron en el suelo encharcado. Cesó la lluvia y se hizo el silencio. Un millón de jóvenes, con su pastor, el anciano Josef Ratzinger, adoraron durante cinco minutos al Rey de Reyes y Señor de los Señores.

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