Ser emigrante en Suecia

En Sverige o Suecia, sus pobladores y cultura impresionan visualmente. Es un país desarrollado, con alta producción manufacturera, cuya energía procede de centrales nucleares. Detrás de ese orden existe un ejército de personas disciplinadas, amantes del trabajo, exigentes en el estudio, conscientes que los altos impuestos que se aplican a sus ingresos les permiten gozar de mejor calidad de vida a sus familias y financiar servicios básicos dentro de un status que privilegia el bienestar social, inclusive de los emigrantes e inmigrantes que acoge.

Es incuestionable que estas sociedades cuasi perfectas poseen sus agujeros negros que en algún momento se convierten en una olla a presión. Evidencia de ello fueron los violentos disturbios que se produjeron hace poco en las barriadas más populares de la capital escandinava, promovidos por jóvenes emigrantes que no dudaron en enfrentarse a las fuerzas del orden, y que habría tenido comoleit motiv la muerte a balazos en Husby de un hombre de 69 años, quien habría amenazado con un machete a los agentes policiales que irrumpieron en un apartamento de esa comuna.

Esa fue la chispa que desató la ola de protestas, el descontento de miles de jóvenes que se sienten atrapados en tierra de nadie. Porque no han podido incorporarse a esta cultura, en parte porque se aferran a su lenguaje y costumbres nativas, alejándose de un modelo que tiene como puerta de acceso el svenska o sueco, que es un idioma mezcla de inglés y alemán como lenguaje de comunicación, cuyo conocimiento es vital para interrelacionarse y esa barrera se debe derribar para encontrar empleo, aunque el inglés es importante.

El gobierno facilita a los extranjeros el estudio gratuito de esta materia y sus autoridades evalúan con criterio técnico y profesional la formación y experiencia laboral de cada persona, sin discriminación ya sea por raza, edad u origen. Su actitud es de mente abierta. Su idiosincrasia les hace valorar al ser humano como tal por su conducta, valores y cultura, lejos de prejuicios. Pero el extranjero siente la presión del sistema nórdico. Estudiar el idioma es una etapa de transición obligatoria que da frutos y permite acceso a sus conocimientos.

La PEA sueca bordea los 5 millones, es decir, supera al 50 por ciento de habitantes que posee. El 93% dispone de internet, la atención sanitaria es universal e integral, la educación es gratuita y de excelente nivel. Es normal que un niño escandinavo a los 12 años domine el svenska y también hable inglés. Antes de culminar la educación básica elegirá un tercer idioma de manera voluntaria. Ellos son educados para ser independientes, no requieren ayuda en labores domésticas. Son fanáticos de la virtualidad y adeptos a la actividad física, el ciclismo, el fútbol, al igual que los deportes de nieve, que son sus favoritos.

Esto no significa que el modelo sueco sea ideal. Hay que admitir que los estándares de calidad y niveles de exigencia y eficiencia son altísimos. Es un Estado que compite con el sector privado y está automatizado. Para el forastero el clima es un hándicap, allí impera el silencio y la soledad dificulta los puntos de conexión para una integración. Los emigrantes e inmigrantes representan un costo para su gobierno y por ende para sus ciudadanos, pero apuestan por la equidad. Para el pueblo sueco lo que hace diferentes a los hombres es la cultura. Hombres y mujeres tienen las mismas responsabilidades, no existen problemas de género, existe una escala de subsidios. Y aunque algunos políticos no están de acuerdo con la solidaridad brindada a los extranjeros, la mayoría aún recuerda los principios del social demócrata Olof Palme y saben que un país democrático debe tratar con igualdad a todos sus pobladores.

Dora Inés Fernández

Periodista peruana.

El Nuevo Herald


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