Dora Fernández: China y la batalla por una vida digna

Pekín dista ser una sociedad perfecta; también se producen flagrantes casos de corrupción en las altas esferas. Si algo no puede ocultarse es la desigualdad que subsiste entre quienes viven en grandes ciudades y la mayoría de áreas rurales. El sistema hokou encadena al campesino y sus descendientes a la tierra y cuando emigran a la ciudad son despojados de sus derechos, al no disponer de vivienda, educación, sanidad aunque reciben mejor salario sobreviven.

Hace tiempo el internet se encargó de mostrar a estos trabajadores rurales mingon que pueden cambiar su futuro y esa certeza ha generado el éxodo de millones que constituyen el 40% de la fuerza laboral urbana en la industria manufacturera. Justamente el 14 de abril, en la provincia de Jiangxi, al sur de China treinta mil trabajadores de Yue Yen, que fabrican calzado deportivo, paralizaron sus labores, afectando la producción de marcas conocidas mundialmente.

El 23 de abril Zhan Zhiru, uno de los líderes que los asesoraba, desapareció, porque el derecho a la huelga fue eliminado en 1982 de la Constitución y esta huelga, dada su convocatoria, constituye la protesta más significativa de los últimos tiempos. Las familias campesinas viven en condiciones deplorables, al percibir como ingreso del trabajo de un año alrededor de 500 euros. El habitante rural es discriminado al no ser sujeto de crédito bancario.

Antes estos servidores recibían en la ciudad 100 dólares mensuales; ahora perciben 322 dólares, pero reclaman un aumento del 14%, porque pese a laborar en área urbana son considerados legalmente residentes campesinos, es decir, están desamparados y este status lo heredan sus hijos. Han mejorado sus ingresos, pero batallan por acceder a la seguridad social y viven en condiciones infrahumanas para ahorrar.

China dejó de ser la mano de obra más barata del mundo, sus costos no pueden competir con los del sudeste asiático. Aunque las cifras que arroja su comercio exterior son auspiciosas, sus gobernantes están decididos a innovar el tinglado de su economía. En ese sentido han flexibilizado la política del hijo único, que atentaba contra los derechos humanos y que es un grave problema para los hogares humildes que tienen dos hijos, pese al pago de multas.

Dado el exceso de capacidad manufacturera están gestando fusiones para racionalizar la energía, y reducir la regulación sobre el agua, el transporte y las telecomunicaciones, apuntando a un sistema financiero más eficiente y competitivo que permita el acceso a inversionistas extranjeros dentro de este rubro, obviándose la obligatoriedad de tener un socio nacional para operar en este país.

La meta de sus autoridades es cambiar el modelo económico chino, sustentado en la exportación, impulsando un sistema que privilegie el consumo interno, modernice y desarrolle el sector servicios.

Los cambios también abarcan el campo fiscal, donde se introducirán impuestos a los bienes raíces, pero sus reglas están cambiando. Dentro de ese esquema han convertido a Shangai en una Zona de Libre Comercio donde podrán establecerse los inversionistas extranjeros, para conseguir un impacto económico.

Muchas transnacionales han intentado acceder a su gigantesco mercado sin éxito. Allí las relaciones primero se sedimentan y operan a largo plazo, el gobierno intenta desconcentrar sectores importantes, pero el hándicap que encuentran los inversores con tecnología de punta, es que se les induce a revelar sus secretos industriales y deben lidiar con miles de patentes, situación que les atemoriza al sentir vulnerada su seguridad.

Sin embargo, ninguna transformación será posible si antes las reglas arcaicas no se flexibilizan para dar paso a una sociedad cada vez más democrática que realmente propugne la igualdad ante la ley como parece ser el objetivo de sus líderes, donde se priorice la ciencia y tecnología, respetando la propiedad intelectual y el universo que constituyen las patentes dentro del universo chino.

Periodista peruana.


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