Geopolítica de la alimentación

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

El poder elegir cuando hay algo para elegir

Hay un pollo que corre feliz por un campo verde, criado con bienestar animal certificado y un código QR que cuenta su biografía completa: nació un martes, picoteó semillas orgánicas, murió con dignidad. Ese pollo cuesta lo mismo que la canasta de alimentos de una familia entera en otro punto del planeta.

Ese pollo, para ser sincero, tuvo una vida mejor que muchos humanos. Este no es un texto sobre pollos. O sí. En realidad, es sobre nosotros, que discutimos con total seriedad si el huevo debe ser de gallinas libres o de gallinas felices, mientras en otro rincón del mapa alguien discute si hoy va a comer.

Los números, antes de las metáforas

Conviene empezar por lo aburrido, por lo que no tiene ironía posible porque ya es, de por sí, una tragedia sin chiste.

  • Según el informe SOFI 2026 (publicado en julio de 2026 por FAO, IFAD, UNICEF, PMA y OMS), en 2025 unos 645 millones de personas pasaron hambre en el mundo: el 7,8% de la humanidad. Es la tercera baja anual consecutiva, pero la cifra sigue siendo 61 millones más alta que antes de la pandemia.
  • África concentra la peor parte en términos absolutos: 309 millones de personas desnutridas, una de cada cinco en el continente, y por primera vez más que en toda Asia.
  • Asia, pese a las mejoras, todavía suma 292 millones de personas con hambre.
  • El hambre no siempre se mide en calorías que faltan hoy: 2.600 millones de personas en el mundo no pueden pagar una dieta saludable, aunque técnicamente “coman”.

Después está el número que no se acostumbra, por más que se repita:

  • Según Acción contra el Hambre, cada día mueren en el mundo 24.000 personas por hambre o por causas relacionadas con el hambre. De esas, 18.000 son niños de entre uno y cuatro años. Ocho de cada diez muertes por hambre en el mundo son de criaturas que todavía no aprendieron a leer un menú.
  • En Gaza, la ONU confirmó formalmente la existencia de hambruna en agosto de 2025, y meses antes, a comienzos de ese año, Oxfam Intermón había documentado que la población del norte de la Franja sobrevivía con un promedio de 245 calorías diarias —menos del 12% de las 2.100 calorías mínimas recomendadas, y menos de lo que aporta una sola porción de pan.
  • La situación mejoró de manera significativa tras el alto el fuego y el ingreso de más ayuda humanitaria a lo largo de 2026, aunque UNICEF y sus socios advierten que la recuperación nutricional sigue siendo frágil y desigual.
  • No hace falta comentario. Los números ya son el argumento más contundente de esta nota, y ni siquiera son nuestros: son de la ONU, de la FAO, de UNICEF, de Oxfam. Nosotros solo venimos a subrayarlos con algo de mala leche.

El ciudadano del súper con luces cálidas

Conozcamos primero al protagonista de la mitad rica de esta historia. Es una buena persona. Lee las etiquetas. Le importa el planeta. Compra el pollo campero porque no quiere ser cómplice de una jaula, aunque no tenga muy claro qué es una jaula, ni dónde está, ni quién la construyó.

Este ciudadano tiene un problema serio: elegir.

Elegir entre la avena con fibra extra o la de siempre. Entre el aguacate de acá o el de allá, que viajó más kilómetros que él en toda su vida, en un avión que consumió más energía que la que esa familia lejana gasta en un año entero. Se anota en el ayuno intermitente el mismo mes que descubre el gluten como enemigo público, sin que nadie se lo haya diagnosticado.

Pide, por una aplicación, que le traigan la cena en quince minutos, y dos horas después tira la mitad a la basura porque “ya se enfrió y no da lo mismo”. Se preocupa, con razón, por el desperdicio alimentario. Comparte en sus redes una infografía sobre el hambre en el mundo, indignado, mientras el súper le manda una notificación: dos por uno en yogures que igual no va a terminar.

Compra la caja de “meal kit” con la porción exacta de cada ingrediente, embalada en tres plásticos distintos, para sentirse eficiente. Y en el freezer, mientras tanto, algo se olvida, se quema de frío, y termina también en la bolsa negra del martes. Su angustia existencial es la sobreabundancia. Su enfermedad, muchas veces, es comer de más lo que menos le conviene. Paradoja número uno: en la parte del mundo que puede elegir, la comida mata más por exceso que por falta.

La geopolítica del picoteo

Mientras tanto, en las oficinas donde se decide el precio del trigo, nadie tiene hambre. Ahí el trigo no es pan: es un número en una pantalla que sube y baja según una guerra lejana, una sequía que no vieron, o una corazonada de algún inversor que jamás pisó un campo.

Ese número, sin embargo, sí llega -puntual, implacable- a la mesa de alguien que no especula con nada, que sólo quiere comer lo mismo que comió ayer. Paradoja número dos: el hambre de unos se decide en un lugar donde nunca hubo hambre.

No es sólo una figura retórica. Cuando la guerra en Ucrania bloqueó buena parte de las exportaciones de grano por el Mar Negro, el precio internacional del trigo llegó a duplicarse en semanas, y ese salto se sintió, meses después, en el precio del pan en el Líbano, en Egipto, en países que ni siquiera participaban del conflicto. En Estados Unidos, alrededor del 40% de la cosecha de maíz se destina a producir etanol para combustible, no alimento, porque un auto paga mejor que el hambre. Y todavía hoy se producen alimentos de sobra para alimentar al mundo entero: se descartan toneladas de fruta y verdura por no cumplir estándares estéticos, se tira leche porque exportarla no resulta rentable ese mes.

No es que falte comida. Falta ruta, falta cadena de frío, falta plata, falta paz, falta que a alguien le convenga que llegue.

El otro menú: sin agua, sin luz, sin pollo

Del otro lado del mapa -que a veces está a la vuelta de la esquina, no hace falta cruzar un océano- hay alguien para quien “elegir” es una palabra de otro idioma. No elige el pollo ecológico ni el convencional. Elige, como mucho, entre comer hoy o mañana. A veces ni eso: elige entre el agua que hay o la que no hay, y después, si sobra algo de energía, entre la salud que no puede pagar y la enfermedad que tampoco eligió.

Este ciudadano no tiene panel solar, ni composta, ni discusión filosófica sobre el bienestar animal. Camina kilómetros con un bidón para llenarlo de un agua que después va a hervir, si consigue con qué. Espera el corte de luz programado como quien espera el clima: sabe que va a pasar, no sabe hasta cuándo. Lleva a su hijo con fiebre a un centro de salud que no tiene el medicamento, y vuelve a casa con la misma fiebre y una promesa para la semana que viene.

Quien tiene, en el mejor de los casos, una gallina de verdad

Criada en el patio, que no lleva etiqueta ni certificación pero que resulta, sin ironía, más sostenible que cualquier producto gourmet del otro lado del mundo. Cultiva un pedazo de tierra con semillas que guardó de la cosecha anterior, sin llamarlo de ninguna manera en particular, aunque en otro idioma y con otro precio eso se venda como “agricultura regenerativa”.

Paradoja número tres: buena parte de la agricultura más sostenible del planeta la práctica, sin que nadie se lo reconozca ni se lo pague, quien menos tiene, no porque haya elegido ese camino, sino porque nunca tuvo el que discutimos nosotros.

Y sin embargo es él, muchas veces, quien carga con el cambio climático que no generó, con la sequía agravada por un planeta que otros calentaron a fuerza de vuelos, carne y aire acondicionado. El desastre se reparte muy mal: lo produce, en buena medida, el que puede elegir; lo sufre, sobre todo, el que no.

Epílogo: todos comemos la misma mentira

Quizás lo más difícil de asumir es esto: ambos mundos se miran de lejos y se malinterpretan por completo. El que tiene de más cree, a veces, que el que tiene de menos simplemente no se esforzó. El que tiene de menos ni siquiera tiene tiempo de mirar hacia el otro lado: está ocupado sobreviviendo.

Y en el medio, la comida -que debería ser lo más simple y lo más humano que existe, algo que compartimos todos los animales de este planeta desde el primer día- se convirtió en la prueba más clara de que el mundo no está mal organizado por accidente. Está organizado, en gran medida, para que unos puedan elegir el color del huevo y otros no tengan gallina, ni huevo, ni chance.

El pollo feliz, mientras tanto, sigue corriendo por su campito verde. Ojalá alguna vez, sin ironía y en serio, todos pudiéramos preocuparnos solamente por eso.

Fuentes consultadas:
FAO, IFAD, UNICEF, PMA y OMS, The State of Food Security and Nutrition in the World 2026 (SOFI 2026), julio de 2026 · Acción contra el Hambre, “El hambre en el mundo: consecuencias y soluciones”· Oxfam Intermón, nota de prensa sobre la ingesta calórica en el norte de Gaza, 2025 · UNICEF, encuesta nutricional SMART Gaza, julio de 2026 · Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (IPC), confirmación de hambruna en Gaza, agosto de 2025.