El fuego no empieza con una chispa

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

Hay incendios que comienzan meses antes de que aparezca el primer humo. Y hay sociedades que descubren sus problemas sólo cuando ya están ardiendo

Hay una imagen que se repite todos los veranos. Un helicóptero descargando agua sobre una montaña convertida en brasas. Un bombero con el rostro cubierto de ceniza. Una familia mirando desde la banquina cómo el paisaje donde creció desaparece detrás de una cortina de humo.

Entonces llegan las preguntas.¿Quién tuvo la culpa? ¿Fue el cambio climático? ¿Falló el Estado? ¿Fue un descuido?

Las hacemos todos los años. Y todos los años parecen nuevas, aunque las respuestas lleven décadas esperando. Porque el fuego tiene una mala costumbre: nunca empieza cuando creemos. Empieza mucho antes. Empieza cuando dejamos de mirar el monte durante once meses y pretendemos salvarlo en el duodécimo.

Empieza cuando confundimos prevención con gasto. Cuando creemos que un bosque puede administrarse solo. Cuando una comunidad rural desaparece y con ella desaparecen también los ojos que conocían cada sendero, cada arroyo y cada árbol seco que había que retirar antes del verano.

Empieza, incluso, cuando aceptamos que el clima cambió, pero seguimos organizando el territorio como si siguiera siendo el mismo de hace cuarenta años. Después llega una chispa. Y creemos que allí empezó todo.

No. Allí solo empezó lo visible.

La chispa tiene responsables. El incendio tiene una historia

Las primeras investigaciones sobre los incendios que hoy mantienen en vilo a Madrid y Ávila apuntan a algo tan pequeño como una chispa provocada por maquinaria pesada utilizada en una zona donde estaba expresamente prohibida por el riesgo extremo de incendio.

La Guardia Civil ya detuvo a una persona e investiga a otra. En otro de los grandes focos, la principal hipótesis señala el incendio de un vehículo. Si la Justicia confirma esas conclusiones, habrá responsables concretos. Pero la pregunta incómoda permanece. ¿Cómo una imprudencia puede terminar poniendo en riesgo a decenas de miles de personas?

Porque la chispa explica el origen. Nunca explica la magnitud. Si un fósforo cae sobre una baldosa, se apaga. Si cae sobre un paisaje convertido en combustible, cambia el mapa. Y ese paisaje no apareció de un día para otro.

Ni todo es cambio climático. Ni nada puede entenderse sin él

Nos gusta discutir si la culpa es del cambio climático o de la política. Es una discusión cómoda porque obliga a elegir un solo enemigo. La realidad rara vez funciona así. El cambio climático no suele encender el primer fuego. Lo vuelve más rápido. Más caliente. Más impredecible. Más difícil de apagar.

Los especialistas describen algunos de los incendios de estos días como incendios extremos, capaces incluso de modificar las condiciones atmosféricas que los rodean y generar su propia dinámica. Es el tipo de fuego que deja de obedecer a los manuales.

Pero tampoco alcanza con señalar al clima. Porque España no llega desarmada al verano.

La prevención existe. El desafío es que alcance

Existe planificación. Existen brigadas. Existen medios aéreos. Existen drones, torres de vigilancia, cortafuegos, trabajos forestales y miles de profesionales desplegados durante todo el año. Sólo en la Comunidad de Madrid participan más de seis mil efectivos en el dispositivo de prevención y extinción.

Además, los datos oficiales muestran que más del 80% de los incendios registrados este año fueron controlados antes de superar una hectárea.

Ese dato merece detenerse un instante. La mayoría de los incendios nunca llegan a las noticias. No porque no existan. Sino porque alguien los detectó a tiempo. Porque hubo prevención. Porque hubo coordinación. Porque hubo profesionales que evitaron que una chispa terminara en una catástrofe.

Las noticias son los incendios que derrotan al sistema. No los que el sistema consigue evitar.

El monte también cuenta la historia del país que somos

Durante décadas abandonamos pueblos, dejamos de gestionar los bosques, acumulamos vegetación seca y construimos viviendas cada vez más cerca del monte. Mientras tanto, la naturaleza siguió creciendo. Pero ya no era el paisaje cuidado por generaciones.

Era un territorio cada vez más continuo, más inflamable y vulnerable.

Los expertos hablan de “autopistas para el fuego”. La imagen no puede ser más precisa. Donde antes había límites, hoy hay continuidad. Donde antes había manejo, hoy muchas veces hay abandono.

El héroe siempre llega cuando el jardinero ya no está

Nos emocionamos viendo un hidroavión descargar miles de litros de agua. Pero nadie aplaude al pastor que durante meses mantuvo limpio un cortafuegos. No hay cámaras para el agente forestal que recorre kilómetros de monte en febrero. Ni para quien desbroza una parcela cuando todavía hace frío y nadie piensa en incendios.

Vivimos fascinados por la épica de apagar. Y olvidamos la paciencia de prevenir. Tal vez porque el heroísmo dura un minuto. La prevención exige todo un año.

Una pregunta para el próximo verano

Dentro de unos meses volverán las lluvias. Sobre la tierra negra aparecerán los primeros brotes verdes. Los informativos hablarán de otra cosa. Las redes sociales encontrarán una nueva indignación. Y nosotros seguiremos adelante.

La naturaleza, en cambio, llevará la cuenta. Porque un bosque tarda décadas en crecer. El fuego necesita apenas unas horas.

Quizá por eso la pregunta más importante no sea quién encendió esta llama. Esa respuesta, tarde o temprano, probablemente llegue. La pregunta es otra. Cuando vuelva el calor. Cuando vuelva el viento. Cuando vuelva el próximo verano…

¿Habremos cambiado algo antes de volver a preguntarnos por qué todo volvió a arder?