Catorce kilómetros

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

El vecino que cobra en dos monedas

Hay vecinos que piden azúcar y vecinos que piden autonomía sobre un territorio en disputa a cambio de no abrir la puerta. Marruecos, con nosotros, eligió la segunda opción, y hay que reconocerle el mérito: la ejecutó con la elegancia de quien negocia sin levantar nunca la voz.

Uno cruza el Estrecho, se sienta a tomar un té que dura una hora, y sale convencido de que ha entendido algo. Vuelve a España y descubre que lo único que había entendido era el precio de una alfombra. Del resto -de la parte que de verdad importa- nadie le había hablado, porque esa parte no se negocia en los zocos.

Se negocia en Bruselas, en Rabat y, ocasionalmente, en la playa de El Tarajal a las tres de la madrugada.

Marrakech ya gobernó Madrid, y no lo recordamos con la incomodidad que merece

Cada vez que en España se agita el fantasma de “los ochocientos años de dominación árabe” -la cifra real, no los cuatrocientos de la leyenda escolar-, se cuenta la historia como si el protagonista hubiera sido un Al-Ándalus etéreo, casi autóctono, una España con turbante que un día decidió, por las buenas, hacerse cristiana otra vez.

Se olvida un detalle incómodo: buena parte de esos siglos, quien mandaba en Al-Ándalus no vivía en Córdoba ni en Sevilla. Vivía en Marrakech.

Los almorávides cruzaron el Estrecho en el siglo XI, le dieron una paliza memorable a Alfonso VI en Sagrajas y, acto seguido, se quedaron con el negocio entero: Al-Ándalus pasó a administrarse desde el sur, no desde el norte.

Un siglo después llegó los almohades, harina del mismo costal marroquí, y repitieron la jugada. Y cuando por fin los reinos cristianos empezaron a comerse el mapa a mordiscos, los benimerines -adivinen de dónde- seguían cruzando el Estrecho para sostener Granada, el último bastión, unos doscientos cincuenta años más.

La paradoja tiene su gracia: durante gran parte de lo que llamamos “la España musulmana”, España fue, en rigor, una provincia de Marruecos. La periferia era la península. El centro estaba enfrente.

Ochocientos años después, la fórmula ha cambiado de traje, pero no de estructura. Ya no cruzan ejércitos el Estrecho. Cruza otra cosa, y funciona casi igual de bien.

El chantaje más elegante de Europa no lleva ejércitos, lleva pateras

Aquí es donde la nota se pone picante, porque hay una pregunta que en España se hace en voz baja y que, en Rabat, sospecho, se responde con una sonrisa: ¿por qué la Unión Europea le sigue pagando a Marruecos cientos de millones de euros cada pocos años, si el problema -la inmigración irregular, el narcotráfico- nunca termina de resolverse?

La respuesta oficial es la de siempre: cooperación, gestión de fronteras, lucha contra las mafias. La respuesta extraoficial, la que uno arma sumando fechas, es más entretenida.

En mayo de 2021, España acogió por razones humanitarias a un dirigente del Frente Polisario. A Rabat no le gustó nada. En cuestión de días, la frontera de Ceuta se quedó, digamos, distraída, y miles de personas cruzaron a nado en veinticuatro horas mientras la Guardia Civil miraba un espectáculo que normalmente no se produce así, de golpe, como si alguien hubiera abierto un grifo. Meses después, España cambió su postura histórica sobre el Sáhara Occidental y respaldó la propuesta marroquí de autonomía. El grifo, curiosamente, volvió a cerrarse.

Nadie firmó nada. No hizo falta. Ese es precisamente el genio del método: no hay comunicado, no hay chantaje explícito, no hay nada que un tribunal internacional pueda señalar con el dedo. Sólo hay una frontera que, según le convenga a Rabat, se vuelve porosa o impenetrable.

Ningún ejército de la OTAN dispone de un arma tan barata ni tan eficaz.

Y mientras tanto, Bruselas paga. Paga mucho, paga seguido, y paga con la resignación de quien entendió hace rato las reglas del juego, pero prefiere no decirlo en voz alta: quinientos, seiscientos, hasta mil millones de euros repartidos en la última década larga entre distintos fondos -el Fondo Fiduciario para África, el Instrumento de Vecindad, programas bilaterales que suenan aburridos a propósito-. España, por su cuenta, añade su propia limosna: visores nocturnos, cámaras térmicas, camiones frigoríficos, todoterrenos.

Un pequeño ejército de regalos que llegan sin que nadie use la palabra “rescate”, aunque lo sea.

La ironía mayor llega al final, y es de las que duelen: Marruecos, que recibe todo ese dinero, se queja de que no le alcanza. Sus propias autoridades han declarado que gastan más de cuatrocientos millones de euros al año en vigilar la frontera que Europa insiste en pedirle que vigile.

Es decir: le pagamos para que haga de muro, y el muro nos manda la factura de vuelta diciendo que le quedó corta.

El vecino que aprendió a cobrar en dos monedas

Ahí está la clave que a España le sigue costando digerir: Marruecos descubrió que puede cobrar dos veces por el mismo servicio. Cobra en dinero, vía Bruselas. Y cobra en política, vía Sáhara. Cada crisis fronteriza es, en el fondo, una factura enviada en un idioma que no necesita traductor.

Nosotros seguimos discutiendo si el problema es la falta de patrulleras o la falta de acuerdos bilaterales, como si esto fuera un desperfecto técnico. Marruecos, mientras tanto, no está resolviendo un problema. Está administrando un activo. Y un activo bien administrado, como cualquier empresario del zoco le explicará mientras le sirve el segundo té, no se agota nunca del todo. Se dosifica.

La geografía nos regaló catorce kilómetros de distancia

La historia nos regaló ochocientos años de que Marrakech mandara en Madrid antes de que Madrid mandara en nadie. Y la diplomacia contemporánea nos regaló la posibilidad de repetir, con menos sangre, pero con la misma lógica de fondo, aquella vieja pregunta que nunca terminamos de responder del todo: cuando uno mira al otro lado del Estrecho, ¿quién es exactamente el que tiene la sartén por el mango?

Spoiler: nunca fuimos nosotros. Solo tardamos ochocientos años y unos cuantos cientos de millones de euros en volver a notarlo.