La sombra

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

Nota del autor:
Antes de empezar, una aclaración necesaria. Esta nota no defiende una ideología ni ataca otra. No milita en ningún bloque y no tiene vocación de panfleto. Sospecha, por igual, de quien denuncia el imperialismo ajeno y calla el propio, y de quien celebra la inversión extranjera como si fuera un acto de caridad.
No busca darle la razón a nadie. Busca pensar en voz alta, que a veces es la única forma honesta de acercarse a algo parecido a la verdad. Si algo cuestiona este texto es la comodidad intelectual de creer que el poder siempre habla un solo idioma, y que nosotros, providencialmente, entendimos cuál.
Dicho esto, empecemos.

La fotografía que obliga a mirar dos veces

Hay imágenes que hacen ruido sin necesidad de un disparo ni de una multitud. Alcanza con que obliguen a mirar dos veces, que es la forma más elegante que tiene la realidad de tomarnos por distraídos.

En esta hay funcionarios sonrientes, cascos blancos, una cinta inaugural y un puerto flamante levantado con capital extranjero. Las grúas dominan el horizonte. El pueblo que vive a pocos kilómetros apenas entra en el encuadre.

Podría ser la imagen del progreso. También podría ser el retrato más moderno de una vieja dependencia. El siglo XXI prometió que los imperios quedarían enterrados junto a los galeones. Pero las palabras envejecen más rápido que las costumbres. Y las costumbres, cuando conviene, aprenden nuevos nombres.

El vestuario cambia, la lógica no pide la jubilación

En 1965, Kwame Nkrumah publicó un libro con un título tan sencillo como incómodo: Neocolonialismo: la última etapa del imperialismo. Su idea era simple: los imperios no habían desaparecido, solo habían descubierto que gobernar desde lejos era más barato que ocupar desde cerca.

Antes se ocupaban puertos; ahora se financian, y cuando las cuentas no cierran, se administran durante décadas. Antes se enviaban gobernadores; hoy llegan consultores que hablan el idioma impecable de la cooperación. La fuerza cedió el protagonismo a la influencia, y la influencia, cuando se vuelve indispensable, resulta más eficaz que cualquier ejército.

Lo curioso -esto es lo que casi nadie admite durante la sobremesa- es que este dominio nuevo no tiene un único pasaporte. Lo ejercen democracias y autocracias, Occidente y Oriente. El colonialismo del siglo XXI logró algo que ninguna ideología había conseguido antes: volverse perfectamente transversal.

El precio de la riqueza

El puerto de Hambantota, en Sri Lanka, suele citarse como ejemplo. Construido con préstamos chinos, terminó administrado por una empresa estatal extranjera durante noventa y nueve años cuando el gobierno esrilanqués no pudo pagar. Para unos, una decisión soberana. Para otros, una advertencia.

Pero sería deshonesto creer que esta historia empezó ahí. América Latina conoció, durante gran parte del siglo XX, otra versión del mismo guion: créditos condicionados, intervenciones diplomáticas, gobiernos funcionales a intereses externos. Cambian los protagonistas. La obra sigue representándose.

Hay una carretera impecable que une una mina con el puerto, pero jamás con el pueblo que vive al costado. Nadie necesita prohibir una bandera. Alcanza con decidir hacia dónde viaja la riqueza. Y ese trámite, conviene decirlo, rara vez lo firma únicamente un extranjero. Lo rubrica, con sonrisa de inauguración, una dirigencia local que promete que esta vez será distinto.

Administrar dependencias, no ocupar territorios

Tal vez el verdadero poder del neocolonialismo no consista en ocupar, sino en administrar dependencias. No hace falta cambiar una constitución ni reemplazar una bandera. Basta con que un país no pueda decidir sin consultar antes al acreedor, al comprador de sus materias primas, al proveedor de tecnología.

La soberanía rara vez desaparece de golpe. A veces, simplemente, se vuelve negociable.

Fronteras que nunca terminan de firmarse

Existen territorios donde la historia se niega a cerrar el expediente. Lo llamativo no es que existan reclamos, sino la elasticidad con la que las grandes potencias aplican sus principios según la ocasión.

El Reino Unido defiende la autodeterminación en un archipiélago del Atlántico Sur y sostiene posiciones distintas cuando sus propios intereses estratégicos están en juego. Rusia invoca la protección de poblaciones mientras desconoce la soberanía de Ucrania. China denuncia el legado colonial occidental mientras endurece su control sobre Hong Kong. Estados Unidos habla de democracia como principio universal, aunque su política exterior haya convivido, en distintos momentos, con gobiernos que respondían más a la geopolítica que a las urnas.

Las convicciones, en la política internacional, rara vez viajan sin equipaje.

El diccionario del poder

Las potencias no desaparecieron. Aprendieron sinónimos. Ya no hablan de dominio: hablan de estabilidad regional. Ya no hablan de tributo: hablan de cooperación estratégica. El diccionario del poder se actualiza más rápido que sus verdaderas intenciones, y consigue un pequeño milagro semántico: que una misma palabra sirva para inaugurar una obra y para justificar una dependencia.

Los mapas que ya no se dibujan en papel

Si durante siglos el poder se midió en territorios conquistados, hoy se mide en algo más discreto. Quien controla el litio condiciona la transición energética. Quien domina las tierras raras participa del futuro tecnológico. Quien posee los cables submarinos administra, en silencio, una parte considerable del mundo.

La paradoja que incomoda a todos por igual

Resulta tentador dividir el mundo entre víctimas y culpables, sobre todo si uno ya decidió de antemano cuál papel le queda mejor. La realidad, de mal gusto como siempre, arruina esa comodidad. Quienes ayer denunciaban la dominación ajena hoy administran la propia con idéntico entusiasmo. Las convicciones cambian menos que los intereses. Solo aprendieron a vestir mejor.

Lo que queda por mirar

Quizá esta fotografía no demuestre nada. O quizá contenga demasiadas respuestas, que es una manera elegante de no tener ninguna definitiva. Las fotografías tienen una virtud que la política jamás consiguió copiarles: no discuten, no militan, no piden aplausos. Detienen un instante y después guardan silencio.

Habrá quienes vean desarrollo. Habrá quienes vean dependencia. Habrá quienes prefieran una palabra más antigua, más incómoda y, acaso, más honesta, y quienes se nieguen a pronunciarla porque nombrar las cosas, a veces, obliga a tomar partido.

La fotografía no va a resolver esa discusión. Tal vez ninguna fotografía pueda. Los imperios también aprendieron marketing: hoy casi nunca llegan en fragatas, prefieren llegar con un contrato, una conferencia de prensa y una sonrisa para las cámaras. Y quedamos nosotros, del otro lado del encuadre, decidiendo cuánto de lo que vemos estamos realmente dispuestos a mirar.