
Por Rodolfo Omar Romano Sforza
Hay escenas que se repiten cada cuatro años y que siempre tienen algo de milagro
Calles cubiertas de banderas, desconocidos abrazándose después de un gol, vecinos que apenas se saludaban compartiendo una televisión y familias donde, por una tarde, nadie menciona las elecciones. Durante un Mundial de Fútbol ocurre algo curioso: personas que llevan meses discutiendo por política, economía o ideología descubren que pueden gritar exactamente el mismo gol.
Y entonces aparece una pregunta inevitable. Si somos capaces de sentirnos parte de un mismo equipo durante un Mundial, ¿por qué nos resulta tan difícil hacerlo el resto del tiempo?
Quizá la respuesta tenga menos que ver con el fútbol y más con la naturaleza humana.
El psicólogo Jonathan Haidt lleva años estudiando cómo pensamos cuando hablamos de política. Una de sus conclusiones resulta tan incómoda como reveladora: no solemos llegar a nuestras opiniones después de analizarlas fríamente. Primero sentimos, después justificamos. Es decir, la emoción suele conducir el coche y la razón ocupa el asiento del copiloto intentando explicar el recorrido.
Eso ayuda a entender por qué una discusión política cambia tan pocas opiniones. Cada uno escucha para responder, no para comprender. Y cuando alguien cuestiona nuestras ideas, muchas veces sentimos que está cuestionando nuestra identidad.
Con el fútbol sucede algo distinto
Durante un Mundial compartimos un objetivo muy claro. Todos queremos que gane el mismo equipo. Las diferencias desaparecen porque, al menos durante noventa minutos, dejamos de preguntarnos quién tiene razón y empezamos a preguntarnos cómo apoyar juntos.
No es casualidad.
El sociólogo Émile Durkheim hablaba de la “efervescencia colectiva”, ese fenómeno que aparece cuando un grupo vive una emoción compartida. Es la misma energía que se observa en grandes celebraciones, conciertos, fiestas populares o acontecimientos deportivos. Durante esos momentos, el individuo deja de sentirse aislado y experimenta algo mayor: la pertenencia.
Y pocas cosas necesitamos tanto como sentir que pertenecemos. El problema es que esa sensación suele ser pasajera. Cuando termina el campeonato regresan las redes sociales, las tertulias, los titulares incendiarios y esa costumbre tan moderna de dividir el mundo entre buenos y malos, inteligentes e ignorantes, los nuestros y los otros.
El escritor y premio Nobel Mario Vargas Llosa decía que el deporte posee una extraordinaria capacidad para crear fraternidad entre personas muy distintas. Quizá exagerara un poco, porque basta perder un partido para que reaparezcan las críticas al entrenador, al árbitro y hasta al encargado de regar el césped. Pero había una verdad importante en esa observación: necesitamos experiencias que nos recuerden que compartimos mucho más de lo que solemos creer.
La política, en cambio, parece haber olvidado ese principio
Con demasiada frecuencia premia el enfrentamiento antes que el acuerdo. Las redes sociales tampoco ayudan. Sus algoritmos descubrieron hace tiempo que el enfado mantiene nuestra atención mucho más que la serenidad. Una conversación tranquila genera pocos clics. Una pelea, muchísimos. Sin darnos cuenta, acabamos viviendo en una competición permanente donde el objetivo ya no consiste en resolver problemas, sino en derrotar al adversario.
Y, sin embargo, el Mundial demuestra que otra actitud es posible. No porque el fútbol sea más importante que la política. Evidentemente no lo es. Las decisiones políticas afectan a nuestra educación, nuestra sanidad o nuestro trabajo. Un campeonato termina en unas semanas. Un gobierno deja consecuencias durante años.
La lección es otra
Cuando compartimos un propósito común, las diferencias dejan de ocupar el centro de la escena.
Quizá no podamos vivir todo el año con la alegría de un gol en el minuto noventa. Sería poco realista. Pero sí podríamos conservar algo de ese espíritu. Escuchar antes de etiquetar. Discrepar sin convertir al otro en enemigo. Recordar que nadie piensa exactamente igual que nosotros y que eso no convierte a nadie en una mala persona.
Al fin y al cabo, el Mundial nos recuerda algo que a veces olvidamos entre tanto debate: seguimos llevando la misma camiseta, aunque discutamos sobre cómo cuidar mejor el país que representa.
Ese quizá sea el partido más difícil… y también el más importante.
