Los marcianos no vinieron, pero el Pentágono sí abrió la caja

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

El gobierno de Estados Unidos desclasificó archivos sobre OVNIs. Los científicos dicen que no hay nada. Y, aun así, todos miramos al cielo

Hay algo profundamente humano en querer que existan los extraterrestres.

Más humano, desde luego, que creer en los políticos o en que el metro de Madrid llegará puntual un lunes por la mañana. Y, sin embargo, esta semana, mientras en la Puerta del Sol la vida seguía su curso impasible de terrazas y palomas, al otro lado del Atlántico ocurrió algo que llevamos décadas esperando: el Pentágono abrió sus archivos secretos sobre OVNIs.

Sí. Los archivos. Los de verdad. Los que guardan documentos, fotografías y vídeos que durante décadas alimentaron conspiraciones, películas de serie B y conversaciones de madrugada entre amigos con más cervezas que criterio. El resultado, por si le genera suspense innecesario, fue más o menos el siguiente: no hay marcianos. O al menos, nadie los ha visto todavía.

750 misterios y ningún marciano

Conviene poner números sobre la mesa para entender la magnitud del asunto.

Entre mayo de 2023 y junio de 2024, el gobierno estadounidense registró más de 750 nuevos informes de Fenómenos Anómalos No Identificados, que es la manera elegante y burocrática de decir “cosas que vimos en el cielo y no sabemos qué son”. Setecientas cincuenta veces alguien miró hacia arriba, frunció el ceño y dijo: esto no debería estar ahí.

La paradoja es deliciosa: cuanto más vigilamos el cielo, más cosas raras encontramos. Y cuantas más cosas raras encontramos, menos sabemos explicarlas. Y cuanto menos sabemos explicarlas, más gente se convence de que ahí arriba hay alguien mirando hacia abajo.

Sean Kirkpatrick, físico y primer director de la oficina del Departamento de Defensa creada expresamente para investigar estos fenómenos, lo dijo con la resignación de quien lleva años buscando oro y sólo encuentra guijarros: no hay pruebas de vida alienígena. Ninguna. Y añadió, con una honestidad que se agradece en los tiempos que corren, que nada le habría hecho más feliz que encontrarlas. La probabilidad de hallar vida inteligente cerca de la Tierra, según su criterio, es “prácticamente nula”.

Uno imagina al hombre llegando a casa después de años de investigación ultrasecreta, y su familia preguntándole qué tal el trabajo. “Bien. Hoy tampoco había marcianos”.

El universo es enorme. Demasiado enorme para que esto sea todo

Aquí es donde la cosa se pone filosófica, que es como se ponen las cosas cuando los datos no alcanzan para explicar la inquietud.

Federica Bianco, profesora de Astronomía en la Universidad de Delaware, sostiene que la probabilidad de que seamos la única forma de vida en el universo es “insignificante”. Dicho de otra manera: sería una casualidad tan absurda, tan estadísticamente improbable, que resultaría casi ofensiva. El universo tiene miles de millones de galaxias. Cada galaxia tiene miles de millones de estrellas. Muchas de esas estrellas tienen planetas. Y nosotros, los habitantes de un punto azul pálido en un rincón olvidado de la Vía Láctea, ¿íbamos a ser los únicos con la ocurrencia de existir?

Parece demasiado pretencioso incluso para la especie que inventó las redes sociales.

Y, sin embargo, como puntualiza la propia Bianco con la frialdad de quien no quiere alimentar esperanzas sin fundamento, no ha observado ningún fenómeno que desafíe las leyes de la física ni que exija invocar civilizaciones avanzadas para ser explicado.

La paradoja, entonces, es esta: probablemente no estamos solos en el universo, pero los que están ahí fuera, por el momento, no han pasado por aquí. O si han pasado, tuvieron el buen gusto de no dejar pruebas.

El problema de las fotos borrosas

Neil deGrasse Tyson, el astrofísico más famoso del planeta y acaso el hombre que más veces ha tenido que explicar pacientemente que una foto borrosa no es un marciano, señala algo que debería hacernos reflexionar: vivimos en la era de las cámaras omnipresentes. Hay miles de millones de fotografías subidas a internet cada día. Un millón de horas de vídeo. Cualquier evento medianamente relevante queda registrado desde cuatro ángulos distintos antes de que nadie haya podido procesar lo que ocurrió.

Y con todo eso, no existe un solo registro verificable de un encuentro con vida extraterrestre.

En Madrid conocemos bien este fenómeno aplicado a otros contextos: todo el mundo tiene pruebas de que el árbitro se equivocó, pero nadie tiene pruebas de nada cuando realmente importa.

Abrir la caja no significa ver lo que hay dentro

Shelley Wright, astrofísica de la Universidad de California, advierte que muchos de los documentos desclasificados llegarán con tantos párrafos tachados por razones de seguridad nacional que leerlos será como intentar entender una conversación a través de una pared de corcho.

Y aquí reside quizá la mayor ironía de todo el asunto: el gobierno abre sus archivos secretos para demostrar que no oculta nada, y resulta que los archivos están llenos de cosas que no puede mostrar. No porque haya marcianos escondidos detrás de cada redacción censurada, sino porque buena parte de esos avistamientos corresponden a tecnología militar propia o a drones de potencias extranjeras que nadie tiene interés en revelar.

El secreto más bien guardado del universo no es que existan los extraterrestres. Es que los humanos somos capaces de construir aparatos tan extraños que ni nosotros mismos sabemos qué estamos viendo.

Cierre

Desde Madrid, con el cielo habitualmente cubierto de nubes y la mente habitualmente ocupada en cosas más urgentes, cabe hacerse una última pregunta: ¿y si la respuesta no está en los archivos del Pentágono, sino en el simple hecho de que seguimos buscando?

Porque al final, lo más extraordinario de todo esto no es que podría haber vida ahí fuera. Es que aquí dentro, en este planeta complicado y ruidoso, todavía hay gente mirando hacia arriba con curiosidad genuina.

Que no es poca cosa.