El Mundial también se juega en la Bolsa (de valores)

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

El Mundial también se juega en la Bolsa (de valores)

Crónica de un corresponsal lejos del estadio, pero en el centro del negocio

Hay una curiosa sensación de irrealidad cuando se cubre un Mundial desde Madrid. Aquí no hay estadios repletos ni caravanas interminables de hinchas. Sin embargo, basta caminar unas cuadras para comprobar que el torneo también sucede lejos de las sedes. O quizá, sobre todo, lejos de ellas.

El Mundial convierte cualquier ciudad en una sucursal emocional de sí mismo.

Los bares se llenan, aunque nadie recuerde el nombre del mozo. Las oficinas adelantan reuniones “porque juega Argentina o España”. Los grupos de WhatsApp, normalmente destinados a discutir política, inflación o quién lava los platos, descubren un inesperado alto el fuego. Hay familias que hace meses no logran ponerse de acuerdo sobre absolutamente nada y, sin embargo, durante noventa minutos encuentran una tregua alrededor de una pantalla.

Resulta fascinante observar cómo el deporte más discutido del planeta consigue suspender, aunque sea por un rato, discusiones mucho más importantes. El fútbol divide durante todo el año para unir durante un mes. Y esa es apenas una de sus muchas paradojas.

Los que nunca miran fútbol… hasta que lo miran

Existe una especie muy particular que reaparece cada cuatro años: la de quienes comienzan todas las conversaciones aclarando que “yo no veo fútbol”. Lo dicen con cierto orgullo, como quien confiesa no tener televisión o no usar redes sociales.

Pero llega el Mundial. Y de pronto preguntan qué significa un fuera de juego, opinan sobre los cambios del entrenador, descubren que siempre fueron especialistas en penales y terminan abrazando desconocidos en un bar después de un gol. El fútbol logra algo extraordinario: hasta quienes aseguran vivir completamente al margen terminan organizando su agenda según el horario del próximo partido. No les interesa el fútbol. Les interesa no quedarse afuera de la conversación.

Otra paradoja.

La industria que necesita que sigamos creyendo en la inocencia

Mientras millones discuten si convenía jugar con tres centrales o con un delantero más, otra conversación ocurre varios pisos más arriba. Allí no se habla de táctica. Se habla de balances.

El fútbol dejó hace tiempo de ser solamente un deporte para convertirse en una de las industrias del entretenimiento más rentables del planeta. Sólo el mercado europeo generó cerca de 38.000 millones de euros durante la temporada 2023/24 y las cinco grandes ligas concentraron más de 20.000 millones de esa cifra. La Premier League, por sí sola, factura más que todo el fútbol profesional sudamericano junto. No porque en Inglaterra amen más este deporte. Sino porque hace mucho tiempo el dinero dejó de seguir a la pasión y comenzó a fabricarla.

Hoy un chico puede usar la camiseta de un club inglés sin haber visto jamás esa ciudad. Un fondo de inversión compra un club con la misma naturalidad con la que antes adquiría una cadena de supermercados. Los derechos televisivos, las plataformas digitales, las apuestas, los patrocinadores, las giras internacionales, las criptomonedas y el merchandising forman parte de una maquinaria que ya piensa el fútbol como un activo financiero.

El hincha sigue creyendo que el club es suyo. Los balances cuentan otra historia.

La Casita también cambió de barrio

Y como si el negocio necesitara subrayar su propio chiste, apareció una nueva postal de este Mundial: la famosa Casita de Bad Bunny. La idea, convertida en símbolo de exclusividad y viralizada hasta el cansancio, trasladó al mayor espectáculo del planeta una lógica conocida: mirar el partido también puede convertirse en un lujo.

Sí, esa misma “casita” que todos conocimos alguna vez en las canchas de barrio, donde el que podía pagar un poco más conseguía una silla bajo techo. Sólo que ahora tiene alfombra, champán francés, catering de autor, artistas, empresarios, influencers y celebridades que levantan la copa antes que la vista hacia la cancha.

Desde ahí arriba el partido se ve igual. La pelota entra por el mismo arco. Pero el gesto es otro: ya no se festeja con el cuerpo sino con el teléfono. No hay bombos ni bocinas. Hay flashes. No se canta. Se posa.

Nadie dice que esté mal mirar un partido con una copa de champán en la mano. El problema es otro. Durante décadas el fútbol se presentó como el deporte del pueblo, el único capaz de igualar a todos frente a una pantalla. Ahora también aprendió a vender la ubicación desde donde se lo mira. Arriba, la selfie. Abajo, el grito. El negocio ya no vende solamente el partido. También vende el lugar desde donde emocionarse.

El extraño milagro de un gol

Sin embargo, toda esa maquinaria multimillonaria tiene un problema. Depende de una pelota. Noventa minutos pueden destruir una campaña publicitaria de cien millones de euros. Un rebote modifica cotizaciones. Un penal cambia audiencias. Un gol altera estados de ánimo nacionales. La industria más sofisticada del entretenimiento sigue dependiendo del elemento menos sofisticado imaginable: que una pelota entre o no entre. Los algoritmos todavía no aprendieron a patear penales.

Cuando el PBI entra a la cancha

La desigualdad también puede medirse lejos del césped. Argentina produce alrededor de 640.000 millones de dólares al año. Brasil supera los 2 billones. Colombia ronda los 380.000 millones. Del otro lado aparecen economías mucho más pequeñas. Cabo Verde apenas supera los 2.700 millones de dólares de Producto Bruto Interno. Senegal ronda los 34.000 millones. Marruecos alcanza unos 155.000 millones. Kenia supera los 120.000 millones y Nigeria, la economía más grande de África, ronda los 360.000 millones.

Si el Mundial se organizara según el tamaño de las economías, varios de esos seleccionados jamás habrían llegado hasta aquí. Por suerte, la pelota nunca pidió el balance antes de empezar a rodar.

Argentina-Cabo Verde: cuando el mercado pierde por un rato

El partido entre Argentina y Cabo Verde tuvo algo más interesante que el resultado. Fue un choque entre dos maneras de entender el fútbol. De un lado, una selección campeona del mundo respaldada por la maquinaria más poderosa del deporte global. Del otro, un archipiélago de poco más de medio millón de habitantes que llegó hasta aquí desafiando todas las estadísticas posibles.

Si el mercado hubiera organizado este encuentro, probablemente jamás se habría jugado. Era un mal negocio. Demasiada diferencia. Demasiado previsible. Por suerte, el fútbol insiste en no pedir permiso a las planillas de Excel.

Durante largos pasajes del partido, Cabo Verde hizo algo imperdonable para la lógica financiera: discutió el precio de las cosas jugando mucho mejor de lo que costaban sus futbolistas. Mientras algunos valen decenas de millones de euros, otros siguen siendo casi desconocidos fuera de sus ligas.

Pero la pelota tiene una costumbre insoportable para los economistas. No lee contratos. Aunque lleve un chip adentro.

La derrota que parecía una victoria

Argentina ganó. Eso dirán las estadísticas. Pero hubo un momento en que el marcador dejó de ser el dato más importante. Porque Cabo Verde consiguió algo que el dinero todavía no sabe comprar. Respeto. Admiración. Memoria.

Quizá mañana nadie recuerde quién convirtió el segundo gol argentino. Pero muchos recordarán que un pequeño país africano obligó al campeón a mirar el reloj más veces de las previstas. Hay derrotas que empequeñecen. Y derrotas que agrandan. También existen victorias que dejan gusto a explicación pendiente.

El Mundial como armisticio doméstico

Mientras tanto, lejos del estadio, el fenómeno seguía ocurriendo. En una casa alguien dejó de hablar de política para discutir si había sido penal. Dos hermanos que no se soportan coincidieron en un insulto al árbitro. Una abuela que jamás entendió el VAR celebró exactamente igual que su nieto.

Las grietas no desaparecieron. Simplemente hicieron una pausa para mirar el partido. Qué extraño invento este. El mismo deporte que durante todo el año provoca peleas entre vecinos por un clásico, termina logrando que familias enteras olviden, durante un rato, conflictos bastante más profundos.

Tal vez el fútbol no una. Tal vez simplemente recuerde que ya estábamos juntos.

El negocio perfecto… que todavía no controla lo esencial

Las corporaciones administran el espectáculo. Las plataformas venden emociones por suscripción. Los patrocinadores compran segundos de atención. Las casas de apuestas convierten la incertidumbre en rentabilidad. Y, sin embargo, cada Mundial vuelve a demostrar que existe una parte imposible de administrar.

La sorpresa. La épica. La emoción. Ese instante en que once desconocidos desafían a once millonarios y obligan al planeta entero a preguntarse si, después de todo, el dinero compra casi todo. Menos la certeza del resultado. Ni siquiera compra, todavía, un lugar en la cancha para quien no puede pagarlo.

Quizá por eso seguimos mirando

No porque ignoremos el negocio. Sino porque, pese al negocio, todavía esperamos el milagro. El fútbol se convirtió en una de las industrias más rentables del planeta, pero sigue necesitando producir milagros para venderse como si continuara siendo apenas un juego. Porque hay quienes todavía creen que el fútbol es solo una pelota rodando sobre el césped.

Y hay quienes saben que alrededor de esa pelota gira una parte sorprendentemente grande de la economía mundial, con una copa de champán en la mano y una butaca reservada. La verdadera incógnita, entonces, no es quién levantará la Copa. Es cuánto de nosotros mismos seguimos dispuestos a poner en juego -y desde qué lugar de la cancha- cada vez que el árbitro marca el inicio.

Fuentes consultadas:

  • Deloitte, Annual Review of Football Finance 2025.
  • Deloitte, Football Money League 2025.
  • Banco Mundial (World Development Indicators), datos de Producto Bruto Interno nominal por país.
  • Fondo Monetario Internacional (World Economic Outlook), estimaciones de PBI nominal.