Ensaladilla rusa

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

El siglo en un plato

Hay épocas que se explican con tratados, estadísticas o mapas. Esta no. Esta se parece más a un plato preparado con lo que quedó en la heladera. Un poco de miedo, dos cucharadas de espectáculo, una pizca de indignación instantánea, varias toneladas de propaganda y un puñado de esperanza para que el menú no resulte completamente indigesto.

Cada mañana amanece con una tragedia distinta y, antes de que termine el café, otra ya está haciendo fila para ocupar su lugar. Las noticias duran menos que el pan caliente y la memoria colectiva tiene fecha de vencimiento. Lo que ayer parecía el fin del mundo, hoy apenas ocupa un rincón del archivo digital. Vivimos la era de la sobreinformación y de la desmemoria.

Nunca supimos tanto y nunca entendimos tan poco.

El negocio del ruido

Mientras algunos siguen dibujando fronteras con humo y escombros, otros organizan la fiesta más grande del deporte. En un canal aparecen edificios desplomados; en el siguiente, el análisis sobre si un delantero llegó un centímetro adelantado. Y nadie siente que exista contradicción.

Quizás porque aprendimos a convivir con la paradoja como quien se acostumbra al ruido del tren. La humanidad puede llorar una catástrofe a las diez de la mañana y discutir una formación deportiva a las once sin experimentar culpa alguna. No es cinismo. Es supervivencia. Los algoritmos entendieron antes que nosotros que la tragedia también genera audiencia. El miedo vende. La bronca fideliza. La indignación garantiza permanencia. Y la esperanza… la esperanza casi siempre pierde en el horario central.

Un planeta con fiebre

El calendario insiste en decir junio, pero el termómetro decidió independizarse. Hay ciudades que hierven, campos que se agrietan y noches que dejaron de refrescar. El clima parece haber renunciado a la normalidad.

Lo curioso no es el calor. Lo curioso es que todavía haya quienes discutan si el incendio existe mientras sienten el humo entrar por la ventana. El planeta manda señales cada vez más claras y nosotros respondemos organizando congresos donde se promete reducir aquello que seguirá aumentando hasta la próxima cumbre.

Es como contratar una orquesta para celebrar que el barco todavía no terminó de hundirse.

Pobres cada vez más modernos

También la pobreza aprendió a cambiar de ropa.

Ya no siempre tiene zapatos rotos ni pantalones remendados. Muchas veces lleva uniforme, trabaja diez horas por día y llega a fin de mes haciendo equilibrio como un artista de circo. Trabajar dejó de garantizar tranquilidad y ahorrar se convirtió en un deporte extremo.

Mientras tanto, los números de las bolsas celebran, los mercados sonríen y algún experto explica que todo mejorará… apenas termine de empeorar. Es admirable la creatividad del lenguaje económico. Cuando pierde la gente, hablan de ajuste. Cuando ganan unos pocos, hablan de confianza.

El campeonato permanente

La política también descubrió que discutir soluciones resulta mucho menos rentable que fabricar enemigos. Siempre hace falta uno nuevo. Si falta un adversario, se inventa. Mientras tanto, los ciudadanos hacen fila para pagar cuentas, esperar turnos, soportar temperaturas imposibles y escuchar promesas recicladas con envases nuevos.

Todo cambia de nombre para que nada cambie demasiado.

Las guerras se presentan como operaciones. Los recortes son reordenamientos. Las crisis son oportunidades. Y la paciencia siempre la debe poner el mismo.

El club de las contradicciones

Nunca hubo tanta comunicación y costó tanto entenderse. Nunca hubo tantos especialistas y tan poco acuerdo. Nunca hubo tantas pantallas y tan pocas ventanas abiertas al otro. Nos prometieron inteligencia artificial mientras seguimos padeciendo estupideces muy naturales.

Inventamos máquinas capaces de responder cualquier pregunta, pero seguimos evitando las únicas respuestas incómodas: cuánto alcanza, quién decide, por qué siempre pagan los mismos y cuándo dejamos de acostumbrarnos a lo inaceptable.

Quizás el mayor invento de esta época no sea la tecnología. Quizás sea la capacidad de normalizar cualquier disparate.

Los héroes invisibles

Y, sin embargo, lejos de los discursos grandilocuentes, el mundo sigue funcionando gracias a personas que jamás aparecerán en un noticiero. Una docente que abre el aula, aunque falten recursos. Un enfermero que termina otro turno interminable. Un vecino que ayuda sin preguntar. Una familia que comparte lo poco que tiene. Un abuelo que sigue contando historias porque sabe que los chicos necesitan imaginación para no crecer con miedo.

Esas pequeñas escenas sostienen mucho más que cualquier cumbre internacional. Son la parte silenciosa del mundo. La que nunca cotiza.

Un plato que todavía se está mezclando

Tal vez este tiempo no tenga una explicación definitiva porque todavía está ocurriendo.

Quizás dentro de algunos años alguien escriba que fueron tiempos de transformación. O de decadencia. O de ambas cosas al mismo tiempo.

Por ahora sólo sabemos que vivimos en una enorme ensaladilla rusa donde nadie recuerda quién empezó a mezclar los ingredientes, todos opinan sobre la receta y casi ninguno se anima a lavar los platos.

Mientras tanto, el siglo sigue revolviendo la cuchara. Y nosotros seguimos sentados a la mesa, sin saber si estamos compartiendo el almuerzo… o formando parte del menú.