Los hutíes: un actor menor que se ha vuelto decisivo

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

Una conversación informal sobre Oriente Medio terminó llevando a una pregunta mayor: ¿qué ocurre cuando un actor armado local adquiere la capacidad de alterar el equilibrio de una región entera?

El sábado invité a dos amigos a una charla por Zoom. Ambos conocen la historia y la geopolítica de Oriente Medio y prefirieron mantener el anonimato. Hablamos de Irán, Arabia Saudí y la guerra. Pero pronto apareció un actor que, a primera vista, podía parecer secundario: los hutíes.

La idea que quedó sobre la mesa fue esta: para entender esta guerra no basta con mirar a las grandes potencias. Hace falta mirar también a quienes, siendo mucho más pequeños, tienen capacidad de encarecer el conflicto para todos los demás. A partir de esa conversación ordené algunas ideas y las contrasté con la información disponible.

Esta semana los hechos les han dado a los hutíes un protagonismo nuevo.

Los hutíes han tomado el puerto de Moca y avanzado hacia el sur por la costa yemení del mar Rojo. Según fuentes del Gobierno yemení citadas por Reuters, también han llegado a Dhubab, frente a la isla de Perim, en el estrecho de Bab el-Mandeb. Reuters informó después de que fuentes yemeníes daban por tomada Perim. Los propios hutíes han rechazado que esto suponga una amenaza para la navegación: su portavoz, Mohammed Abdulsalam, aseguró que el tránsito comercial por el mar Rojo y Bab el-Mandeb sigue siendo seguro y que las operaciones en marcha tienen carácter defensivo.

Sea cual sea la interpretación, el hecho territorial es el mismo: los hutíes están más cerca de tener capacidad para convertir esa geografía en una herramienta de presión, aunque tomar la isla no equivalga a controlar por completo el estrecho.

De las montañas al mar

Su nombre oficial es Ansar Allah, “Partidarios de Dios”. Surgieron en el norte de Yemen en los años noventa, dentro de la comunidad zaidí, una rama del islam chií con larga tradición en el país. Con el tiempo, su proyecto dejó de ser exclusivamente religioso.

Hoy son un movimiento político y militar que controla amplias zonas del norte y oeste de Yemen, incluida Saná. No son el Gobierno reconocido internacionalmente, pero sí la autoridad de facto en buena parte del país. En 2014 tomaron la capital. En 2015, Arabia Saudí encabezó una coalición militar en apoyo del Gobierno reconocido internacionalmente.

Esa guerra, que se prolongó durante años, generó una de las mayores crisis humanitarias del mundo: hambre, desplazamiento y colapso de servicios básicos. Las responsabilidades sobre ese sufrimiento son objeto de disputa entre las partes y de investigación por organismos internacionales: se han documentado bombardeos de la coalición saudí sobre infraestructura civil, así como bloqueos, reclutamiento forzado -incluido el de menores- y represión de la disidencia interna en las zonas bajo control hutí. Ninguno de los actores implicados en la guerra yemení ha estado libre de señalamientos por su conducta.

¿Por qué es tan difícil derrotarlos?

Porque Yemen nunca ha vivido una guerra convencional. El país está dividido entre fuerzas hutíes, el Gobierno reconocido internacionalmente, movimientos separatistas y milicias con intereses propios. Ni siquiera quienes se oponen a los hutíes coinciden en qué Yemen quieren después de la guerra.

Los hutíes, por su parte, han construido una estructura militar relativamente cohesionada para los estándares del conflicto: llevan décadas combatiendo, controlan territorio, recaudan recursos, reclutan combatientes y disponen de misiles y drones. El apoyo iraní -armamento, tecnología y asesoramiento- ha contribuido a esas capacidades. Reuters ha descrito también apoyo directo de oficiales de la Guardia Revolucionaria iraní durante la reciente ofensiva hacia Moca.

A eso se suma la geografía: las montañas del norte yemení son un terreno difícil para una fuerza convencional. Arabia Saudí bombardeó durante años sin lograr eliminar a los hutíes. Destruir infraestructura es una cosa; desmontar una organización arraigada en el terreno y con redes locales, con capacidad de librar una guerra asimétrica, es otra distinta.

Irán: aliado, no dueño

Teherán considera a los hutíes parte de su red regional de aliados, el llamado “Eje de la Resistencia”, y les ha dado armas, tecnología, financiación y asesoramiento. Pero decir que Irán los controla por completo sería simplificar demasiado.

Los hutíes tienen su propia agenda: conservar el territorio que controlan, consolidar su poder y ser un actor central en el futuro político de Yemen. Para Irán, esa agenda no es un problema, porque le permite presionar a Arabia Saudí y las rutas marítimas sin tener que dirigir cada decisión que se toma en Saná. Reuters ha informado de que Teherán ha pedido a los hutíes intensificar sus ataques contra Arabia Saudí, ofreciéndoles financiación, armas y oficiales, mientras Irán niega dirigir directamente sus operaciones.

Influencia no es lo mismo que obediencia, y esa distinción importa para entender los límites -y también el margen de maniobra- de cada parte.

El mapa

Para entender por qué los hutíes pesan tanto conviene mirar el mapa.

Al este está el estrecho de Ormuz, que conecta el golfo Pérsico con el océano Índico. Al suroeste está Bab el-Mandeb, que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y, vía Suez, con el Mediterráneo. Son dos de los grandes cuellos de botella del comercio y la energía mundial. Bab el-Mandeb tiene apenas unos 29 kilómetros en su punto más estrecho y es ruta clave para el tráfico entre Asia y Europa.

Durante años la atención estuvo puesta en Ormuz.

Ahora se suma una segunda vulnerabilidad. Los hutíes no necesitan cerrar físicamente el estrecho para convertirlo en un problema global: basta con que atravesarlo sea percibido como peligroso. Ya ocurrió durante la guerra de Gaza, cuando sus ataques contra buques comerciales llevaron a muchas navieras a evitar el mar Rojo y rodear África por el cabo de Buena Esperanza.

Arabia Saudí está especialmente expuesta en este episodio. Reuters informó de que Riad cerró temporalmente su oleoducto East-West tras varios ataques. Esa infraestructura, de unos 1.200 kilómetros, había ganado importancia precisamente porque permite a Arabia Saudí sacar petróleo hacia el mar Rojo evitando Ormuz. La paradoja: una ruta alternativa deja de serlo si también puede ser amenazada.

Dos estrechos, una misma crisis

Ormuz al este, Bab el-Mandeb al suroeste: entre ambos se concentra buena parte del sistema energético y comercial de Oriente Medio. Los hutíes no tienen la fuerza militar de Estados Unidos, ni la economía de Arabia Saudí, ni el arsenal de Irán. No lo necesitan: su poder combina territorio, experiencia de combate, misiles, drones, apoyo exterior y geografía.

Un actor con recursos limitados puede volverse estratégicamente relevante si tiene capacidad de encarecer la actividad de todos los demás: más seguros marítimos, más combustible, más tiempo, más distancia, más presión sobre los mercados. Ya se empieza a notar: las tarifas de los grandes petroleros alcanzaron máximos históricos esta semana, mientras la guerra elevaba el riesgo en Ormuz y los hutíes aumentaban la presión sobre Bab el-Mandeb.

Así es como un conflicto local se convierte en un problema internacional.

Un actor difícil de controlar, no invulnerable

Los hutíes no son invulnerables ni completamente independientes de Irán.

Pero son un actor que ninguna potencia ha logrado neutralizar sin asumir costes altos. Irán puede influir sobre ellos. Arabia Saudí puede bombardearlos. Estados Unidos puede atacar sus capacidades militares. El Gobierno yemení puede intentar recuperar territorio. Hasta ahora, ninguno ha resuelto el problema -lo mismo que ellos tampoco han logrado imponerse de forma definitiva sobre sus adversarios-.

Su lógica parece ser esta: no necesitan ser más fuertes que sus enemigos, sino lo bastante fuertes como para que derrotarlos resulte demasiado costoso. Por eso un actor armado surgido en las montañas de Yemen puede terminar en el centro de una crisis que afecta a dos de las principales rutas energéticas y comerciales del planeta.

La pregunta ya no es sólo quién ganará la guerra, sino cuánto tiempo puede el mundo permitirse que nadie la gane.