
Por Rodolfo Omar Romano Sforza
“No nos consultaron para empezar la guerra”
Hay guerras que empiezan con discursos solemnes, banderas desplegadas y conferencias de prensa con micrófonos alineados como soldados. Y hay guerras que empiezan como empiezan los incendios en verano: alguien prende una chispa en la ladera equivocada y, cuando el fuego ya corre por los cerros, aparece el vecino con un balde preguntando si podés ayudar.
Esta, según me dijo un diplomático de carrera que aceptó hablar conmigo con la condición de no ver su nombre impreso en ningún lado, pertenece a la segunda categoría.
– Primero se decide. Después se consulta —me dijo—. El orden de los factores cambió hace rato.
La escena inicial ya es conocida:
Ataques aéreos contra objetivos iraníes, declaraciones sobre la seguridad global, análisis televisivos llenos de mapas digitales y expertos señalando flechas rojas sobre el Golfo Pérsico. Todo rápido. Todo quirúrgico. Todo muy seguro de sí mismo.
Lo único que faltaba en esa escena era una pregunta. Algo sencillo, casi de cortesía diplomática.
“¿Ustedes están de acuerdo con esto?”
Pero las guerras modernas no funcionan así. Funcionan como esas reuniones de consorcio en las que el presidente decide arreglar la terraza del edificio sin consultar a nadie. Cuando llega la lluvia, lo que llega a cada departamento es la expensa extraordinaria.
La guerra ya empezó. Ahora llegó la expensa.
El estrecho donde pasa el mundo
El problema, como suele ocurrir en la geopolítica, no está solamente en las bombas sino en los mapas. Y en uno de esos mapas aparece una línea de agua estrecha que atraviesa el Golfo Pérsico como una puerta angosta entre dos mundos: el estrecho de Ormuz. Un lugar que parece insignificante hasta que uno descubre que por ahí circula cerca de una quinta parte del petróleo del planeta. Una autopista invisible. Un cuello de botella energético.
Cuando Irán amenazó con bloquear ese paso, el planeta hizo algo muy humano: se puso nervioso. Los petroleros comenzaron a esperar. Los mercados comenzaron a temblar. Los analistas comenzaron a explicar lo que ya era evidente: si esa puerta se cierra, medio mundo se queda sin combustible o paga el triple.
Y entonces llegó la llamada.
– Necesitamos una coalición naval —dijo Washington.
– ¿Para qué? —preguntaron varios gobiernos.
– Para escoltar petroleros.
Traducido a lenguaje doméstico: el incendio está fuera de control y ahora necesitamos más baldes.
El diplomático con el que hablé se rió cuando se lo mencioné.
– La política internacional es muy elegante para describir lo mismo —dijo—. Lo llaman “garantizar la seguridad marítima”. Pero en esencia es eso: que otros vengan a ayudar a apagar el fuego.
La lógica extraña de las alianzas
Las alianzas militares tienen una lógica curiosa. Cuando se decide atacar, la conversación ocurre en un círculo pequeño, casi íntimo, como una cena entre amigos muy influyentes.
Pero cuando llega el momento de patrullar mares llenos de drones, minas flotantes y misiles costeros, la mesa se agranda. Aparecen nuevas sillas. Aparecen nuevos aliados. Y de repente todos somos socios del proyecto.
Es una economía política bastante peculiar: “la decisión es privada pero la factura es colectiva”.
En medio de este escenario apareció otro capítulo
Digno de una novela diplomática. Según varias fuentes, Washington empezó a relajar discretamente ciertas sanciones energéticas contra Rusia a cambio de algo muy concreto: más petróleo circulando en el mercado global.
Una manera rápida de enfriar los precios. Una manera todavía más rápida de incomodar a Europa. Porque la decisión, según me explicó mi contacto, no fue consultada con la Unión Europea.
– Eso fue lo más interesante —me dijo—. Después de años pidiendo unidad frente a Moscú, de pronto aparece una negociación energética que nadie discutió con Bruselas.
La geopolítica, al final, se parece bastante a un mercado persa: todos negocian incluso mientras dicen que no negocian.
Europa duda
Mientras tanto, en Europa las reacciones fueron más cautelosas que heroicas. Algunos gobiernos evitaron hablar demasiado. Otros dijeron que estudiarían el pedido de escoltar petroleros. Y algunos directamente recordaron que cada guerra tiene su propio ritmo y su propia distancia.
España fue uno de los casos más comentados.
Pedro Sánchez, fiel a una posición que ya había repetido antes en otros conflictos, volvió a pronunciar una frase que en política exterior siempre produce el mismo efecto:
“No a la guerra”
No era exactamente una negativa a todo, pero tampoco era un entusiasmo militar. Era más bien una manera de poner pausa. Una frase breve que en diplomacia significa algo parecido a: vamos a mirar esto con calma.
El diplomático anónimo me explicó que esas pausas, en realidad, son frecuentes.
– Los gobiernos saben que entrar a una guerra es fácil —dijo—. Lo complicado es salir.
La pregunta que llega tarde
Desde su despacho, lejos de los portaaviones, los radares y los discursos épicos, observa el tablero internacional con una mezcla de rutina y asombro. Dice que en su oficio uno aprende a leer los movimientos como si fueran piezas de dominó.
Primero cae una. Después otra. Después alguien pregunta quién empujó la primera. La guerra empezó hace semanas. Los ataques ya ocurrieron. Las consecuencias ya están en marcha. Y ahora el argumento dominante es la estabilidad global. Proteger el comercio. Defender las rutas marítimas. Evitar que el conflicto escale.
Todo eso puede ser cierto.
Pero hay una pregunta que sigue flotando en el aire como humo después de un incendio. Si mañana varios países envían barcos, marinos y banderas para escoltar petroleros por un estrecho lleno de amenazas, en los hechos estarán participando en una guerra que nunca votaron.
Antes la pregunta era si estábamos de acuerdo. Ahora la pregunta es mucho más concreta. Cuántos barcos podemos mandar. Y tal vez la más incómoda de todas todavía no se haya formulado.
Quién va a decidir cómo y cuándo se termina.
