Cómo el capitalismo industrial diseñó un patrón global, y por qué volvió con otro lenguaje

Por Rodolfo Omar Romano Sforza
Argentina no fue la excepción. Fue, si se quiere, una versión sintética
Lo que ocurrió en la Pampa Húmeda entre 1880 y 1930 -la concentración de tierra, capital, representación política y relato público en un número reducido de familias como los Anchorena, los Pereyra Iraola, los Martínez de Hoz, Bunge & Born, por citar solo algunas familias patricias- no fue una anomalía ni un error de fabricación latinoamericano. Fue la expresión local de un fenómeno más amplio, que en esos mismos años adoptaba formas distintas -pero reconocible- en Estados Unidos, Francia, Japón o Rusia.
No fue idéntico en todas partes. Pero sí lo suficientemente parecido como para sospechar que había algo más que coincidencia. El mundo de fines del siglo XIX estaba resolviendo un problema nuevo: “qué hacer con una capacidad de producir riqueza que crecía más rápido que la capacidad de distribuirla”. La respuesta no fue coordinada -nadie convocó a una reunión internacional para decidirla- pero terminó siendo, con variaciones, bastante consistente.
Un patrón que no necesitó instrucciones
El ferrocarril comprimió distancias. El acero, el petróleo y la electricidad multiplicaron la productividad. Y el capital, por primera vez, empezó a moverse más rápido que las personas que lo producían.
En ese contexto, las fortunas no se distribuyeron. Se concentraron. No necesariamente por conspiración, aunque conspiraciones hubo. Más bien por lógica acumulativa: el capital genera capital, la ventaja inicial se amplifica, y quien llega primero no sólo gana, sino que además define las reglas del juego.
Después de todo, escribir las reglas siempre fue más rentable que obedecerlas.
En Estados Unidos
Ese proceso fue bautizado con una honestidad involuntaria como la Gilded Age: una edad dorada por fuera, con una estructura bastante menos noble por dentro. John D. Rockefeller llegó a controlar la mayor parte del refinado de petróleo; J.P. Morgan reorganizaba industrias enteras como quien acomoda muebles; Andrew Carnegie dominaba el acero; Cornelius Vanderbilt decidía quién se movía, cómo y a qué precio.
No era un sistema sin reglas. Era un sistema cuyas reglas habían sido escritas por sus principales beneficiarios.
En México
El Porfiriato –Porfirio Díaz– construyó una versión distinta del mismo fenómeno: modernización acelerada, crecimiento sostenido y una concentración de la tierra facilitada por instrumentos legales que transformaron derechos informales en inexistentes.
La ley funcionaba. El problema era para quién.
En Francia
La Belle Époque ofrecía cafés, arte y exposiciones universales mientras consolidaba redes de poder económico que no necesitaban exhibirse para ser eficaces. En Japón, los zaibatsu combinaban disciplina industrial con lealtades casi feudales. En Rusia, la industrialización avanzaba sobre una estructura política que parecía diseñada para impedir cualquier distribución que no fuera vertical.
Las trayectorias no fueron iguales. Pero el resultado tendía a parecerse: concentración económica acompañada, en mayor o menor medida, por influencia política.
El problema no era ideológico
El capitalismo industrial temprano no necesitaba ideología para concentrar. Le alcanzaba con su propia mecánica. Y los Estados de la época -a menudo incipientes, a veces capturados, casi siempre más lentos que los mercados que pretendían regular- no estaban equipados para corregir esa tendencia.
En algunos casos no querían; en otros, simplemente no podían. La consecuencia no fue inmediata. Pero tampoco fue invisible.
La corrección que no vino de donde se esperaba
Hay una cierta ironía histórica en que una de las respuestas más eficaces a esa concentración no haya venido de una revolución, sino de una reforma.
Theodore Roosevelt, que difícilmente pueda ser acusado de ingenuidad o de exceso de ternura hacia el capital, entendió algo elemental: un mercado sin competencia deja de ser un mercado. Y un sistema que se presenta como competitivo, pero funciona como monopolio corre el riesgo de volverse, además de injusto, ineficiente.
Cuando enfrentó a Morgan por la Northern Securities Company, no estaba intentando abolir el capitalismo. Estaba intentando salvarlo de sí mismo. La posterior fragmentación de Standard Oil no fue un acto de altruismo estatal, sino una intervención para preservar las condiciones mínimas de funcionamiento del sistema. El argumento no era revolucionario. Era, en el sentido más clásico del término, liberal: sin competencia no hay mercado; sin mercado, no hay renta.
A partir de ahí, el siglo XX -con todas sus contradicciones- desarrolló instrumentos para moderar la concentración: legislación antimonopolio, impuestos progresivos, regulación financiera, expansión del sufragio. No eliminaron el problema. Pero lo volvieron, en muchos casos, manejable.
Conviene no idealizar ese período. Las crisis siguieron ocurriendo, la desigualdad no desapareció y el poder económico encontró siempre nuevas formas de reorganizarse. Pero había, al menos, una dirección reconocible: dispersar lo suficiente como para evitar que el sistema se volviera irreconocible.
Eso funcionó. Hasta que dejó de hacerlo.
El segundo ciclo: lo mismo, pero no exactamente
Hay paralelismos evidentes entre aquella etapa y la actual. Y también diferencias que conviene no subestimar.
La imagen de algunos de los principales empresarios tecnológicos –Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Sundar Pichai– ocupando lugares centrales en ceremonias políticas no prueba, por sí sola, una equivalencia histórica. Pero tampoco es irrelevante. A veces los símbolos exageran. Y a veces simplemente resumen.
Para entender la escala de lo que estamos describiendo, conviene detenerse un momento en los números. No como ejercicio académico, sino como orientación. Porque el problema con la concentración es que, cuando se vuelve abstracta, se vuelve también invisible.
Una fotografía del poder económico global (2026)
Dos países –Estados Unidos y China– concentran más del 42% del PIB mundial. El primero lidera el sistema financiero internacional; el segundo domina en capacidad industrial y paridad de poder adquisitivo. India consolida su posición como potencia emergente. Asia, en conjunto, representa aproximadamente el 49% de la economía global.
En el plano corporativo, el sector tecnológico impulsado por inteligencia artificial concentra gran parte del valor bursátil mundial. Nvidia, Apple, Microsoft y Alphabet encabezan ese pelotón -y la mayoría tiene domicilio en Estados Unidos-. Les siguen, en relevancia sectorial, las finanzas, la energía, la salud. Los combustibles fósiles siguen siendo fuente clave de riqueza, aunque las renovables crecen. Otros sectores con peso específico: comercio, automoción, alimentación, minería y defensa.
En cuanto a la riqueza individual: Elon Musk, Jeff Bezos y Warren Buffett son los emblemas de un fenómeno más amplio. Aproximadamente el 1% de la población controla cerca del 46% de la riqueza mundial.
El sistema no redistribuye por inercia. Nunca lo hizo.
El mapa de 2026 no es idéntico al de 1900. Pero tiene la misma geometría:
Poder concentrado en pocas manos, pocas regiones, pocas corporaciones. Lo que cambió es el lenguaje. Antes se llamaba petróleo, acero, ferrocarril. Ahora se llama datos, plataformas, infraestructura digital.
- La primera diferencia es de escala. Los grandes conglomerados del siglo XIX operaban dentro de marcos nacionales. Los actuales operan en un espacio que los Estados nacionales apenas alcanzan a rozar. Regular un ferrocarril era complicado; regular una red global de datos en tiempo real es, como mínimo, otro deporte.
- La segunda diferencia es de naturaleza. Antes se concentraban recursos físicos: petróleo, acero, tierra. Hoy se concentran datos, atención, infraestructura digital. El barril era finito; la atención también, pero de una manera menos evidente y más difícil de medir. Y lo que no se mide con claridad suele regularse con dificultad.
- La tercera diferencia es la relación con la política. La influencia económica siempre buscó traducirse en influencia política. Lo que cambia hoy no es la intención, sino la visibilidad y los mecanismos. No siempre hace falta ocultar lo que puede ejercerse abiertamente.
Lo que la historia sugiere -y lo que no garantiza-
El pasado ofrece algunas pistas, pero pocas garantías. Los sistemas con altos niveles de concentración tienden a generar tensiones que, en algún momento, buscan salida. A veces esa salida es institucional. A veces no. A veces llega rápido. A veces se demora lo suficiente como para que el costo sea considerable.
No hay una ley histórica que asegure correcciones automáticas. Hay, en todo caso, una regularidad incómoda: la estabilidad extrema de la concentración suele ser menos duradera de lo que parece, pero más persistente de lo que sería deseable.
Argentina tardó décadas en modificar su estructura de poder. México lo hizo a través de una revolución. Estados Unidos mediante reformas. Tres caminos distintos para un problema que, en su origen, no era tan diferente.
La pregunta correcta
La cuestión no es si el presente repite el pasado.
Lo hace, pero nunca del todo. La cuestión es si los instrumentos que funcionaron en el siglo XX sirven para el tipo de concentración que el siglo XXI está produciendo. Y la respuesta, al menos por ahora, es incómoda: no del todo. Fueron diseñados para economías físicas, delimitadas, relativamente lentas.
Operan hoy sobre sistemas digitales, globales y acelerados.
Es como intentar regular satélites con normas pensadas para ferrocarriles: algo se puede hacer, pero no alcanza. Eso no implica resignación. Implica trabajo. Las reformas que limitaron a los monopolios hace un siglo no copiaron soluciones anteriores. Las inventaron. No porque fueran más virtuosas, sino porque las circunstancias las obligaron a serlo.
La paradoja -una más- es que los sistemas que mejor han sabido corregirse son aquellos que aceptaron, aunque fuera a regañadientes, que necesitaban cambiar.
La pregunta abierta no es si el problema existe. Eso parece fuera de discusión. La pregunta es si existe, todavía, la capacidad política para enfrentarlo antes de que se vuelva demasiado evidente.
Porque cuando los problemas se vuelven evidentes para todos, rara vez llegan solos.
