Crónica sobre el conflicto entre el presidente argentino Milei y la prensa

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

El presidente que cerró la sala de prensa para defender la libertad de prensa

Argentina tiene un mandatario que insulta a los periodistas en nombre de la libertad de expresión, bloquea el acceso a la Casa Rosada para garantizar la transparencia, y distribuye pauta oficial inexistente con una precisión quirúrgica.

Un país de paradojas cultivadas con esmero.

Hay una imagen que resume bien la Argentina de estos días:

Un presidente parado frente a un micrófono, proclamando que su país vive el mayor momento de libertad de prensa de su historia, mientras a sus espaldas, literalmente, los periodistas acreditados intentan entrar a la Casa Rosada y encuentran la puerta cerrada con llave.

No es una metáfora. Es una fotografía.

Javier Milei, economista, académico, autodeclarado anarcocapitalista y actual presidente de la República Argentina, lleva más de dos años en guerra con el periodismo. Una guerra peculiar, como casi todo en su gestión: ruidosa, contradictoria, sostenida en la convicción profunda de que los medios de comunicación son, en bloque, una corporación corrupta al servicio del establishment que él vino a destruir.

El problema, claro, es que Milei es el establishment.

Pero ese es un detalle menor.

El hombre de las mil palabras (ninguna amable)

El Foro de Periodismo Argentino -FOPEA, para los que prefieren ahorrar sílabas- publicó un informe que tituló, con una serenidad admirable, “El periodismo en riesgo de silencio”. En él documentó 278 ataques contra la prensa durante 2025, el récord histórico desde que comenzaron a llevar ese conteo en 2008.

De esos 278 episodios, 119 fueron protagonizados por el propio presidente.

Casi uno cada tres días. Una cadencia que exigiría cierta dedicación, considerando que gobernar un país en crisis económica crónica ya es, en teoría, un trabajo de tiempo completo.

Para entender la escala del fenómeno, FOPEA analizó más de 113.000 publicaciones de la cuenta X de Milei entre diciembre de 2023 y septiembre de 2025. El vocabulario presidencial hacia la prensa incluye, entre otros floreos, los términos “delincuentes”, “ensobrados”, “mandriles”, “terroristas” y, en un arranque de síntesis poética un lunes por la noche, “BASURAS REPUGNANTES”, en mayúsculas, como corresponde a una declaración de Estado.

Me encantaría ver a esas basuras inmundas que portan credencial de periodistas (95%) que salgan a defender lo que hicieron estos dos delincuentes”.

El comunicado anterior no pertenece a un foro anónimo de internet. Es un tuit del presidente de Argentina. Escrito desde su cuenta oficial. En horario hábil. Probablemente entre una reunión de gabinete y la firma de algún decreto.

La vida moderna es así de eficiente.

La sala más famosa que nadie puede ver

El episodio más cinematográfico de este conflicto ocurrió a fines de abril de 2026, cuando el gobierno decidió cerrar la sala de prensa de la Casa Rosada. No con candado y cadena, que habría sido grosero. Lo hizo con elegancia tecnológica: desactivando los accesos biométricos, borrando las huellas dactilares del sistema y dejando sin efecto todas las acreditaciones.

Una operación limpia, moderna, paperless.

El motivo oficial fue el “espionaje ilegal” de dos periodistas del canal TN, que habrían recorrido los pasillos del edificio con lentes inteligentes y cometido el acto subversivo de filmar quién entra y sale de los despachos. La Casa Militar presentó una denuncia penal. El presidente twitteó. Los periodistas se quedaron en la calle.

Días después, la sala reabrió. Pero con matices.

Los cronistas de TN y ElTrece -dos de los canales de mayor audiencia del país- no pudieron ingresar a pesar de tener sus acreditaciones en regla. Como medida adicional, las autoridades taparon las ventanas de la sala para que los periodistas que sí ingresaron no pudieran ver hacia afuera.

En una metáfora que se escribe sola, el gobierno argentino diseñó una sala de prensa sin vistas al exterior, para corresponsales que tampoco pueden comunicarse con el interior.

La pauta que no existe (pero premia y castiga)

Milei sostiene con firmeza que su gobierno eliminó la pauta oficial.

Es una posición coherente, honesta y completamente desmentida por los hechos. Lo que el gobierno hizo fue, con mayor precisión, eliminar la pauta oficial visible y reemplazarla por publicidad de empresas con mayoría estatal -Aerolíneas Argentinas, YPF- distribuida con la discrecionalidad de quien reparte naranjas en un mercado y sabe perfectamente a quién le toca la que está podrida.

El Grupo Perfil, uno de los grandes grupos editoriales del país, inició cuatro demandas judiciales contra el gobierno por discriminación en el reparto publicitario. El fundador del grupo, Jorge Fontevecchia, es objeto de insultos presidenciales con nombre y apellido. Milei llegó a pronosticar públicamente que Perfil iría a la quiebra al quedarse sin pauta.

Que un presidente democrático celebre anticipadamente la quiebra de un medio crítico es el tipo de cosa que, en otro contexto geográfico, generaría titulares de alarma.

En Argentina genera un ciclo de noticias y luego el siguiente episodio.

El periodista herido y la línea que se cruzó

En marzo de 2025, el fotoperiodista Pablo Grillo cubría una protesta de jubilados en Buenos Aires cuando una granada de gas lacrimógeno disparada por las fuerzas de seguridad le impactó en la cabeza. Grillo sufrió una lesión cerebral grave. Meses después, seguía en recuperación.

El Sindicato de Prensa de Buenos Aires lo calificó como un caso “sin precedentes en la historia de Argentina”. Es la frase que nadie quiere pronunciar pero que termina pronunciándose: la que señala que algo cruzó una frontera que se suponía infranqueable.

El informe de FOPEA lo registra como “el hecho más grave del año”. En los hechos más graves del año suelen caber demasiadas cosas.

¿Estrategia o temperamento? La pregunta que nadie responde

Los corresponsales extranjeros que cubren Argentina desde hace años tienen una teoría no escrita: la diferencia entre un líder populista que insulta a la prensa como táctica y uno que lo hace como vocación íntima es, en la práctica, irrelevante.

El efecto sobre el periodismo es el mismo. Y el efecto sobre la ciudadanía —que depende de ese periodismo para conocer lo que su gobierno hace— es todavía más concreto.

Milei no es el primero en este manual. Trump lo escribió, Bolsonaro lo subrayó, Orbán lo encuadernó.

La novedad argentina es la cadencia, la intensidad y, sobre todo, la paradoja central que el presidente parece no advertir o no importarle: es muy difícil defender la libertad de expresión mientras se insulta a quienes la ejercen, se les cierra la puerta de la casa de gobierno y se les promete que no habrá pauta para los que pregunten demasiado.

Desde España

Donde la prensa también tiene sus problemas, pero al menos puede entrar a los edificios públicos, uno observa el espectáculo argentino con esa mezcla de fascinación y vértigo que produce ver a alguien caminar sobre una cornisa convencido de que está en el parque.

El presidente que más ataca a los periodistas en la historia medida de Argentina es el mismo que dice que nunca hubo tanta libertad de prensa. La sala de prensa cerrada fue el mayor símbolo de apertura informativa.

La pauta que no existe financia selectivamente a los amigos.

En Argentina, la paradoja no es un accidente de gobierno. Es la política misma. Y los periodistas, entre insulto e insulto, siguen anotando. Desde afuera de la puerta, pero anotando.