
Por Rodolfo Omar Romano Sforza
“Cada tanto”: el negocio del ruido
Hay una frase que circula por las redacciones desde hace décadas. A veces se dice como chiste; otras, con resignación profesional. La sentencia es sencilla: “Hoy no pasó nada, pero igual hay que sacar el diario”.
No es una crítica al periodismo. Tampoco una denuncia. Es apenas la descripción de una realidad incómoda: el mundo no produce hechos trascendentes al ritmo que exigen los medios modernos. Hace años, el periodista Jorge Lanata, imaginó un medio llamado “Cada tanto”. La propuesta tenía algo de idealismo y algo de provocación.
Publicar únicamente cuando hubiera algo realmente importante que contar. Nada de rellenar espacios. Nada de fabricar urgencias. Nada de convertir cada movimiento rutinario del planeta en una noticia de último momento. Naturalmente, la idea era económicamente inviable. Los diarios, las radios, los canales de televisión, las plataformas de streaming y los portales digitales no pueden funcionar cada tanto. Funcionan todos los días. A toda hora. Sin pausas. Sin silencios. Y allí aparece la gran contradicción de nuestra época.
El negocio del ruido
No existe suficiente material periodístico relevante para llenar las veinticuatro horas de programación, las infinitas actualizaciones de los portales y el torrente inagotable de contenido que exigen las redes sociales.
No hay 365 días al año cargados de acontecimientos históricos. No hay una noticia trascendente cada diez minutos. No hay una crisis definitiva cada tarde. Sin embargo, la maquinaria debe seguir funcionando. Cuando la realidad ofrece hechos importantes, el periodismo tiene trabajo de sobra. El problema aparece cuando el mundo entra en sus períodos normales, esos momentos en los que las cosas simplemente suceden a velocidad humana.
Entonces comienza el proceso de amplificación. Un hecho se transforma en diez notas. Una declaración genera veinte análisis. Una especulación produce tres debates televisivos. Una reacción alimenta una nueva ronda de comentarios. Y así, poco a poco, el eco termina ocupando más espacio que el acontecimiento original.
Lo que consumimos ya no es únicamente información. Consumimos interpretaciones de interpretaciones. Reacciones a las reacciones. Comentarios sobre comentarios. La noticia se vuelve secundaria frente a la conversación que genera.
La industria de la urgencia
Junio de 2026 ofrece ejemplos bastante ilustrativos:
Las tensiones comerciales internacionales siguen un libreto que parece escrito por un guionista obsesionado con los remakes. Se anuncia un acuerdo histórico. Luego aparece una amenaza de ruptura. Más tarde llegan las declaraciones cruzadas. Después los mercados reaccionan. Finalmente surge un nuevo entendimiento.
Y el ciclo vuelve a empezar.
Cada episodio se presenta como decisivo, aunque la mayoría de las veces forme parte de un proceso mucho más largo y mucho menos dramático de lo que sugieren los titulares. Algo parecido ocurre con los conflictos geopolíticos. Cada escalada reactiva una legión de especialistas instantáneos. Personas que hace una semana analizaban inflación o espectáculos ahora explican estrategias militares, sistemas de defensa y escenarios de guerra con una seguridad admirable.
El relato es casi siempre el mismo. “El mundo está al borde del abismo”. El pobre abismo lleva años esperando que alguien finalmente se decida a caer. Mientras tanto, nosotros seguimos consumiendo capítulos de una serie que promete un desenlace inminente desde hace demasiado tiempo.
La política como temporada permanente
En la política local la dinámica tampoco es muy distinta. Cada declaración es presentada como un ultimátum. Cada desacuerdo se convierte en una crisis institucional. Cada negociación aparece como una batalla decisiva para el futuro del país. Las llamadas “bombas informativas” suelen estallar con una precisión casi perfecta. Lo suficiente para dominar una jornada completa y desaparecer antes de que llegue el momento de analizarlas con calma.
El calendario mediático necesita urgencias permanentes. La política real, en cambio, suele avanzar con la lentitud propia de las instituciones. La diferencia entre ambas velocidades genera buena parte del ruido que consumimos diariamente.
La audiencia también participa
Sería cómodo responsabilizar únicamente a los medios. También sería injusto. El público forma parte esencial de este mecanismo. Decimos estar cansados de la sobreinformación, pero seguimos buscándola.
Criticamos los excesos del ciclo noticioso mientras abrimos el décimo artículo sobre el mismo tema. Nos quejamos de la saturación informativa y, al mismo tiempo, premiamos con nuestra atención aquello que mantiene la rueda girando.
Nadie obliga a leer cada actualización. Nadie exige mirar cada panel televisivo. Nadie impone escuchar la misma discusión repetida durante días. Sin embargo, allí estamos. Deslizándonos por una pantalla infinita que promete novedad permanente y entrega, muchas veces, variaciones mínimas de la misma historia.
Elogio del silencio
Quizás por eso la idea de Cada tanto sigue resultando tan atractiva. No como modelo de negocio. Como filosofía de supervivencia. Tal vez la verdadera lucidez consista en aceptar que no todos los días traen acontecimientos extraordinarios. Que no todas las horas requieren una alerta urgente. Que no todos los debates justifican una cobertura permanente.
La realidad tiene sus propios tiempos. A veces avanza con estruendo. Otras veces apenas susurra. Y quizás una sociedad verdaderamente informada sea aquella capaz de distinguir entre ambas cosas. Porque reconocer que hoy no ocurrió nada extraordinario no debería interpretarse como una derrota del periodismo.
Al contrario. Podría ser una de sus formas más honestas de ejercerlo. Mientras tanto, la rueda seguirá girando. Los zócalos continuarán anunciando urgencias urgentes. Los panelistas buscarán explicaciones para acontecimientos que todavía no ocurrieron. Las redes seguirán confundiendo movimiento con importancia.
Y nosotros seguiremos consumiendo el eco del eco, convencidos de que estar informados es lo mismo que estar despiertos. Quizás el viejo proyecto de Cada tanto nunca tuvo posibilidades de sobrevivir en el mercado. Pero su enseñanza sigue vigente. No todo merece atención inmediata. No todo merece una transmisión especial.
Y no todo silencio es un vacío. A veces, simplemente, significa que el mundo está ocupado viviendo en lugar de producir contenido.
