Un apretón de manos largo

Por Rodolfo Omar Romano Sforza
Desde Madrid, Argentina queda lejos. No en kilómetros —que también— sino en la forma en que llegan las noticias: filtradas, resumidas, a veces caricaturizadas. Pero este mes de febrero pasó algo que merece detener el scroll. Argentina y Estados Unidos firmaron un acuerdo económico que, dicho sin rodeos, busca volver a enchufar a la Argentina al mundo real. No al mundo declamado, ni al mundo épico, sino al que compra, vende, invierte y exige reglas claras.
El acuerdo no es un tratado de libre comercio clásico, ni una varita mágica. Es más bien un contrato de convivencia: menos aranceles, más previsibilidad, más “sabemos a qué estamos jugando”. Y eso, para un país que lleva décadas cambiando las reglas a mitad del partido, ya es una novedad considerable.
Lo que dice el papel
El texto —frío, técnico, lleno de anexos— habla de bajar impuestos a la importación, facilitar exportaciones, proteger inversiones y ordenar procedimientos. Traducido a idioma humano: Argentina podrá vender más productos en Estados Unidos sin pagar tantos peajes, y las empresas estadounidenses tendrán menos miedo de poner dólares en un país famoso por cambiar de humor económico como quien cambia de canal.
Hay carne, hay alimentos, hay manufacturas. Hay también compromisos regulatorios que obligan a ordenar papeles, cumplir normas, parecerse un poco más a esos países aburridos donde las leyes duran más que los gobiernos.
Desde Madrid, donde los tratados se discuten, pero rara vez se rompen, eso suena casi revolucionario.
Lo que entusiasma
Para Argentina, el entusiasmo es fácil de explicar. Exportar más significa dólares. Dólares significan aire. Aire significa tiempo. Y tiempo es lo único que no tiene un país que vive permanentemente al borde del ahogo financiero.
También está la inversión. No la promesa grandilocuente, sino la concreta: empresas que miran un mapa y dejan de pensar “qué lío” para empezar a pensar “quizás”. Energía, minería, infraestructura. Sectores donde Argentina no carece de recursos, sino de confianza.
Desde Europa, donde la seguridad jurídica es casi invisible porque siempre estuvo ahí, cuesta dimensionar lo que implica para un país recuperar credibilidad. Pero es, básicamente, volver a ser tomado en serio.
Lo que inquieta
Ahora bien. Todo acuerdo comercial tiene un lado B, y este no es la excepción. Abrir la economía implica competir. Y competir duele cuando durante años te acostumbraste a jugar solo.
Industria local, pymes, sectores protegidos: muchos miran el acuerdo con desconfianza. Temen que productos estadounidenses —más baratos, más eficientes, más financiados— los dejen fuera de juego. Y no es un miedo inventado. Pasa. Pasó. ¿Volverá a pasar??
Además, comprometerse a reglas internacionales significa perder margen de improvisación. No se puede cambiar normas por decreto de madrugada sin consecuencias. Para algunos políticos eso es una tragedia. Para otros, una bendición.
Estados Unidos, sin épica
Desde Washington, el acuerdo se ve distinto. Estados Unidos no está haciendo caridad. Busca estabilidad en un socio histórico, asegurar cadenas de suministro, ganar influencia en una región donde China avanza sin pedir permiso. Argentina es una pieza más en un tablero grande.
Pero también es cierto que Estados Unidos apuesta por gobiernos que prometen orden macroeconómico, previsibilidad y apertura. No por simpatía, sino por conveniencia. El amor dura lo que duran las reglas claras.
Madrid como espejo
Desde Madrid, este acuerdo se parece a algo conocido. España pasó por procesos similares al ingresar a la Unión Europea: apertura, miedo, competencia, reconversión. Hubo ganadores y perdedores. Hubo crisis y aprendizajes. Pero nadie discute hoy que integrarse al comercio global fue parte del crecimiento.
La diferencia es que Argentina llega cansada, empobrecida, desconfiada. Cada promesa se mide con lupa. Cada acuerdo se sospecha. No por paranoia, sino por memoria.
Lo que no está escrito
El acuerdo firmado ayer no garantiza nada. No asegura crecimiento, ni empleo, ni estabilidad. Solo abre una puerta. Y las puertas abiertas sirven de poco si nadie cruza el umbral o si se cierran a la primera tormenta política.
Todo dependerá de la constancia. De sostener reglas cuando duela. De no patear el tablero en año electoral. De explicar, una y otra vez, que integrarse no es rendirse, sino elegir jugar.
Cierre abierto
Desde Madrid, el apretón de manos entre Argentina y Estados Unidos se ve largo. No eterno, pero largo. De esos que incomodan un poco, porque obligan a mirarse a los ojos más tiempo del habitual.
La pregunta no es si el acuerdo es bueno o malo. La pregunta es si esta vez Argentina está dispuesta a cumplir lo que firma. Porque el mundo, paciente, pero no ingenuo, ya tomó nota. Y no suele esperar dos veces.
