¿Y qué fue de los Tigres Asiáticos?

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

El milagro que no terminó: cambió de piel

Durante décadas, Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong fueron presentados como la demostración de que la pobreza no era un destino inevitable. Eran los llamados Tigres Asiáticos, cuatro economías que, desde los años sesenta, consiguieron industrializarse a una velocidad extraordinaria y elevar el nivel de vida de sus poblaciones.

Pero hay una pregunta que vuelve una y otra vez: ¿qué fue de aquellos Tigres? La respuesta, vista desde agosto de 2026, es bastante más interesante que la idea de un milagro terminado. Los Tigres no desaparecieron. Se hicieron ricos. Y, al hacerlo, tuvieron que abandonar el modelo que los había enriquecido.

De fabricar barato a fabricar lo que el mundo necesita

El primer milagro asiático tuvo una fórmula relativamente sencilla, aunque ejecutarla estuvo lejos de serlo: educación, disciplina macroeconómica, infraestructura, inversión, industrialización y una obsesión por vender al mundo. Textiles, juguetes, electrodomésticos, barcos, automóviles y productos electrónicos fueron el escalón inicial. Pero una economía no puede vivir eternamente de salarios bajos. Cuando los trabajadores se hacen más productivos y los salarios suben, la ventaja competitiva tiene que desplazarse hacia productos de mayor valor.

Eso es exactamente lo que ocurrió.

Corea del Sur terminó fabricando automóviles, electrónica, barcos y, finalmente, algunos de los semiconductores más sofisticados del planeta. Taiwán hizo de los chips una especialidad nacional. Singapur se convirtió en un centro financiero, logístico, industrial y tecnológico de alcance mundial. Hong Kong construyó su fortaleza alrededor de las finanzas, los servicios y su conexión con China. El viejo Tigre industrial se convirtió en Tigre tecnológico.

Corea del Sur: el antiguo milagro vuelve a rugir

Corea constituye quizá el mejor ejemplo de esa transformación. El país que en los años sesenta todavía estaba saliendo de la devastación de la guerra es hoy una potencia industrial y tecnológica. Y los datos de 2026 ofrecen una imagen extraordinaria. En el primer semestre, sus exportaciones alcanzaron un récord de 496.700 millones de dólares, un aumento del 48,4% interanual. Las exportaciones de semiconductores crecieron 163%. En junio, por primera vez, Corea superó los 100.000 millones de dólares de exportaciones en un solo mes.

Al comenzar septiembre, la cifra acumulada de exportaciones ya había superado los 709.300 millones de dólares, el récord de todo 2025. Los semiconductores representaban el 41% del total, impulsados por la explosión de la demanda asociada a la inteligencia artificial. El Fondo Monetario Internacional proyectaba en julio un crecimiento del 2,6% para Corea en 2026, después de revisar al alza su previsión debida precisamente al extraordinario comportamiento de las exportaciones de hardware para inteligencia artificial.

Es una paradoja reveladora. El milagro coreano ya no consiste en crecer al 8%. Consiste en seguir siendo indispensable cuando el país ya es rico.

Taiwán: el pequeño gigante de los semiconductores

Si Corea convirtió la industrialización en una plataforma tecnológica, Taiwán llevó esa lógica todavía más lejos. Su transformación es especialmente significativa porque pasó de la manufactura tradicional a ocupar una posición estratégica en la economía digital mundial. Los semiconductores son ahora el corazón de su modelo. La revolución de la inteligencia artificial ha convertido a las fábricas de chips avanzados en infraestructuras tan estratégicas como lo fueron alguna vez los puertos, las refinerías o las acerías.

La economía taiwanesa ha quedado así en una posición privilegiada, pero también vulnerable: cuanto más sofisticada es su especialización, mayor es su importancia geopolítica. La cuestión ya no es solamente cuánto crece Taiwán. Es qué ocurriría con la economía mundial si Taiwán dejara de producir los componentes que sostienen buena parte de la revolución tecnológica.

Singapur: cuando el territorio deja de ser una limitación

Singapur constituye otro experimento extraordinario. Sin grandes extensiones territoriales, sin abundantes recursos naturales y con una población relativamente pequeña, construyó su riqueza alrededor de algo mucho más difícil de conseguir: convertirse en un nodo imprescindible. Finanzas, transporte marítimo, logística, comercio, industria electrónica, servicios empresariales y tecnología.

En agosto de 2026, el Gobierno elevó la previsión de crecimiento del PIB para todo el año hasta 4,5-5,5%, después de que la economía creciera 5,9% interanual en el segundo trimestre y 6,1% durante el primer semestre. El propio Gobierno atribuyó buena parte de la mejora a la aceleración mundial de la inversión relacionada con la inteligencia artificial.

Singapur demuestra algo que suele perderse en las discusiones sobre desarrollo: un país pequeño no necesita tener recursos naturales para hacerse indispensable. Puede especializarse en organizar, financiar, conectar, fabricar y gestionar los recursos de otros.

Hong Kong: el Tigre que tomó otro camino

Hong Kong es el caso más difícil de encajar en la fotografía. Sigue siendo una economía rica y un centro financiero internacional, pero su trayectoria política y económica es inseparable de su integración con China. Por eso, cuando se habla de los cuatro Tigres, conviene evitar la tentación de tratarlos como si fueran idénticos.

Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong compartieron una extraordinaria etapa de industrialización y apertura al comercio, pero construyeron instituciones políticas diferentes y hoy enfrentan desafíos distintos. El denominador común está menos en la forma de gobierno que en otra característica: la capacidad de insertarse en los mercados internacionales y subir continuamente en la cadena de valor.

El verdadero secreto no fue trabajar barato

Quizá esta sea la principal lección que deja la historia. Durante años se explicó el éxito asiático mediante salarios bajos, disciplina laboral o una población dispuesta a trabajar muchas horas. Todo eso ayudó. Pero no explica el resultado final.

Los salarios subieron. Las sociedades envejecieron. La mano de obra dejó de ser barata. Y, sin embargo, las economías sobrevivieron porque cambiaron de modelo antes de que el modelo anterior dejara de funcionar. El Estado tuvo un papel fundamental, pero no necesariamente como empresario omnipresente. Su función fue construir infraestructura, formar capital humano, coordinar políticas industriales, facilitar la inversión y crear las condiciones para que las empresas pudieran competir internacionalmente.

La gran diferencia fue la capacidad de ejecutar.

El nuevo problema: cómo seguir siendo Tigre cuando ya eres rico

Aquí aparece el límite del milagro. Los Tigres de 2026 ya no pueden crecer como los Tigres de 1970. Tienen poblaciones envejecidas, costes laborales elevados, menor crecimiento demográfico y una enorme dependencia del comercio exterior.

Y también tienen nuevos riesgos. La inteligencia artificial está impulsando actualmente sus economías, pero esa misma dependencia puede convertirse en vulnerabilidad si la inversión tecnológica mundial se desacelera. El FMI ha advertido expresamente que Corea, beneficiaria excepcional del actual ciclo de hardware para IA, también estaría especialmente expuesta a una eventual corrección del mismo. A eso se suman las tensiones entre Estados Unidos y China, el proteccionismo, la reorganización de las cadenas de suministro, la energía y los conflictos geopolíticos.

El viejo desafío era salir de la pobreza. El nuevo desafío es mucho más complicado: seguir avanzando cuando ya se está en la frontera.

Y entonces, ¿qué queda del milagro?

Queda prácticamente todo. Queda una infraestructura industrial gigantesca. Queda una población educada. Quedan empresas globales. Quedan instituciones económicas capaces de adaptarse. Quedan décadas de conocimiento acumulado. Pero, sobre todo, queda una idea incómoda para quienes buscan recetas rápidas: el milagro no fue una política concreta. Fue la capacidad de cambiar de política.

Los Tigres no encontraron una fórmula mágica que aplicaron durante sesenta años. Construyeron una economía, alcanzaron un nivel de desarrollo y después tuvieron que reinventarla. Quizá por eso la pregunta más interesante ya no sea qué hicieron Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong para convertirse en Tigres. La pregunta es otra:
¿Serán capaces de reinventarse una vez más cuando la inteligencia artificial, la demografía y la geopolítica comiencen a cambiar las reglas del juego? Porque la historia de los Tigres Asiáticos todavía no parece tener un último capítulo.