España y Alemania: dos economías que crecen distinto, pero duelen parecido

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

Hay una cosa curiosa que pasa cuando uno viaja a Alemania desde España: durante unos días parece que cambió de planeta. Después habla con la gente y descubre que no.

Volví hace poco de Berlín con esa sensación. La ciudad tiene esa mezcla alemana de eficiencia, bicicletas, obras, trenes que uno espera que lleguen a horario y conversaciones en las que, tarde o temprano, aparece la economía. Me reuní con colegas de la prensa alemana, hablamos de política, de industria, de energía, de la transformación del automóvil, de Friedrich Merz y, naturalmente, de la vida cotidiana.

Y ahí apareció una contradicción que después, de regreso en Madrid, me resultó imposible sacarme de la cabeza. Alemania sigue siendo Alemania. Una potencia industrial, tecnológica y financiera. Pero Alemania está preocupada. España, en cambio, llega a agosto de 2026 con números que hacen sonreír a cualquier ministro de Economía: crece mucho más que Alemania, crea empleo y reduce poco a poco su deuda sobre el PIB.

Pero España también está preocupada. La explicación está en un lugar bastante menos solemne que el PIB:

Está en el alquiler, sí, pero también en la factura de la luz, en el supermercado, en la nómina, en la cuota del crédito, en el coche. Está en la pregunta que uno hace cuando llega el día 25 y todavía faltan cinco días para cobrar. Porque una cosa es que una economía crezca. Y otra, bastante distinta, es que uno sienta que le creció la vida.

La Comisión Europea calcula que España crecerá un 2,4% en 2026, frente al 0,6% de Alemania. La diferencia es enorme. Pero cuando uno sale de la estadística y entra en un piso de Madrid o Berlín, la conversación cambia.

España: el milagro que todavía no llegó al bolsillo

España tiene hoy el mejor aspecto macroeconómico de los dos países. El PIB creció un 2,8% en 2025 y Bruselas proyecta otro 2,4% para 2026. El desempleo podría bajar al 9,9%. La demanda interna, el consumo, la inversión y el empleo sostienen el crecimiento.

El problema aparece cuando uno pregunta quién está creciendo. Porque el PIB no cobra un sueldo, no hace la compra, no llena el depósito del coche.

El salario bruto anual por trabajador fue de 28.410,78 euros en 2025, un 3,1% más que el año anterior, según el INE. Al mismo tiempo, la inflación española se situó en el 3,2% interanual en junio de 2026. La nómina media crece, sí, pero el precio de la vida también, y no solo por la vivienda.

La luz y el gas volvieron a encarecerse en 2026, empujados por la factura energética europea. La cesta de la compra sigue por encima de los niveles de hace dos años: el aceite, la carne, los lácteos y las frutas y verduras acumulan subidas que la gente nota cada semana en el ticket del súper, aunque las estadísticas ya no hablen de “inflación descontrolada”. Y ahí está también, claro, la vivienda: los precios subieron un 12,9% interanual en el primer trimestre de 2026, y la vivienda usada, la que compra quien no es rico, un 13,5%.

Ahora bien, conviene matizar algo que se suele perder en la discusión:

En casi ningún país del mundo desarrollado la vivienda accesible desapareció. Lo que desapareció, o se volvió carísimo, es la vivienda accesible en el centro. Uno puede comprar o alquilar razonablemente en Toledo, en Guadalajara, en el extrarradio de Berlín o a una hora de Múnich.

El problema no es que no haya casas baratas; es que están a treinta minutos, a una hora, a un tren de distancia del trabajo, de la vida social, de lo que uno considera “la ciudad”. Vivir en el centro de las grandes ciudades tiene hoy, en casi cualquier país del planeta, un costo que crece más rápido que los sueldos.

Eso no es un fenómeno español ni alemán: es un fenómeno de Londres, de Nueva York, de Buenos Aires, de Ciudad de México. La pregunta ya no es “¿hay vivienda?”, sino “¿cuánto tiempo de mi vida estoy dispuesto a pagar en el trayecto para pagar menos alquiler?”.

El alemán también mira la cuenta

Alemania tiene el problema contrario: nadie necesita que le expliquen que la economía atraviesa una etapa complicada. Después de dos años de recesión, la Comisión Europea espera apenas un crecimiento del 0,6% en 2026 y del 0,9% en 2027. La industria está atrapada entre energía más cara, competencia china y un comercio internacional mucho menos previsible.

Pero hay una paradoja: el alemán medio sigue ganando bastante más que el español, y en 2025 los salarios reales alemanes crecieron un 1,9%, después de años en que la inflación había mordido fuerte el poder adquisitivo. En el primer trimestre de 2026 volvieron a subir un 1,8% interanual.

Sobre el papel, buena noticia. En la vida real, hay que ver qué queda después de pagar. En julio, la inflación alemana llegó al 2,8%. Los precios de la energía subieron un 8,3% interanual y los combustibles, un 23%. Y no es sólo la energía: los alimentos también encarecieron por encima del promedio europeo, algo que en un país acostumbrado a supermercados baratos (los famosos discounters alemanes) se siente especialmente. Los alquileres netos siguieron subiendo también.

Un dato dice más que diez discursos: en 2025, el 11,2% de la población alemana vivía en hogares que destinaban más del 40% de su ingreso disponible a los costes de vivienda, frente a una media europea del 7,7%. Alemania, además, es el país de la Unión Europea con mayor proporción de población de alquiler: el 52,8%.

Y otra vez aparece el mismo matiz que en España: quien acepta vivir a las afueras de Berlín, en Brandeburgo, o lejos del centro de Múnich o Fráncfort, encuentra precios muy distintos a los del corazón de la ciudad. El drama no es la falta de vivienda en Alemania; es que la vida -el trabajo, los amigos, la vida cultural- sigue concentrada en un puñado de barrios cada vez más caros.

Los que siempre encuentran la manera de estar mejor

Cuando hablamos de salarios promedio hablamos, muchas veces, de una persona que no existe. El promedio puede subir porque a los que ya ganan mucho les vaya extraordinariamente bien.

En Alemania, el salario bruto anual mediano de un trabajador a tiempo completo fue de 54.066 euros en 2025. Pero el 10% que menos ganaba cobraba 33.828 euros o menos, mientras que el 10% superior superaba los 100.719 euros, y el 1% superior llegaba a 219.110 euros o más. El promedio, por lo tanto, nunca tiene problemas para llegar a fin de mes.

En España ocurre algo parecido, con niveles inferiores. Por eso el debate debería mirar más a la distribución del ingreso y a la capacidad real de consumo de los hogares frente a los tres gastos que más pesan: vivienda, energía y alimentación. Para quien gana 150.000 euros al año, una inflación del 3% es una molestia. Para quien gana 1.500 y paga 900 de alquiler más la luz y el súper, puede ser la diferencia entre llegar a fin de mes o sacar la calculadora.

Dos países, una misma conversación

España y Alemania recorren caminos distintos, pero comparten un problema de traducción: traducir PIB a sueldo, empleo a prosperidad, crecimiento a una vida que uno pueda pagar sin mudarse a una hora del trabajo. Mientras tanto, los ciudadanos calculan. El español calcula cuánto le queda después del alquiler, la luz y el súper. El alemán calcula lo mismo, con otra moneda de fondo, pero la misma angustia. El ministro calcula el déficit. El economista calcula el PIB. Y el ciudadano calcula si llega al viernes.

El verdadero indicador está en el bolsillo

La comparación entre España y Alemania suele terminar con una pregunta: ¿quién está mejor? Depende de dónde se mire. España está mejor en crecimiento. Alemania, en desempleo e industria. Pero hay una pregunta que atraviesa todas las demás: ¿puede una persona que trabaja vivir razonablemente bien con lo que gana, sin resignar tres horas diarias de viaje? Ahí las diferencias entre los dos países empiezan a achicarse. Cuando el alquiler, la luz y el súper aumentan más rápido que el salario, el crecimiento se vuelve abstracto. El PIB no paga la factura de la energía. La productividad no llena la heladera.

Hay, además, una discusión que dejamos pendiente para otra nota, porque merece su propio espacio:

La de una población local que envejece, con una natalidad que no alcanza para renovarse, y un sistema de pensiones y seguridad social que, tal como está diseñado hoy en buena parte de Europa, directamente no funciona sin la llegada de inmigración legal. Ese cruce -menos hijos, más jubilados, y la pregunta de quién sostiene el sistema- es, probablemente, el telón de fondo silencioso de todo lo que contamos acá. Pero eso, como decíamos, es tema de la próxima nota.

Por ahora alcanza con esto: al final de la jornada, en Madrid o en Berlín, nadie cena una décima de PIB. Uno cena con lo que le quedó después del alquiler, la luz y la compra. Y ese número, mucho más pequeño y mucho más cruel, es el que decide si una economía está funcionando de verdad.