La tribu

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

Hay fenómenos que resultan difíciles de exportar

El dulce de leche, por ejemplo no se exporta, se fabrica en la U.E. El fútbol jugado un miércoles bajo la lluvia. O la capacidad argentina de sostener una conversación durante tres horas sobre temas que nadie domina del todo y, aun así, terminar convencidos de haber llegado a una conclusión importante.

Quizás por eso los nuevos canales de streaming argentinos llaman tanto la atención fuera del país. No porque existan cámaras, micrófonos o plataformas digitales. Todo eso existe también en España, en México o en cualquier otro lugar. Lo singular es otra cosa:

Lo que se transmite no parece un programa. Parece una sobremesa nacional

En España todavía suele distinguirse con cierta claridad quién informa, quién opina y quién entretiene -aunque todos hablen a la vez y a los gritos-. En Argentina esa división se ha vuelto más difusa. El humorista analiza la política. El periodista cuenta intimidades personales. El influencer comenta economía. El psicólogo explica fútbol. Y el público escucha a todos con una naturalidad admirable o alarmante, según el día.

La paradoja es que esta aparente desorganización funciona. Tal vez porque los argentinos nunca hemos buscado únicamente información. Hemos buscado algo más complejo: sentir que participamos de la conversación. Y cuando una sociedad convierte la conversación en una forma de pertenencia, tarde o temprano termina construyendo tribus alrededor de quienes hablan mejor que los demás.

Cuando la conversación reemplaza a la información

Hay algo fascinante en los nuevos canales de streaming argentinos. Y también algo inquietante. No porque sean jóvenes. No porque digan malas palabras. No porque se rían fuerte o parezcan estar permanentemente en el living de una casa donde nunca llega la hora de lavar los platos. Nada de eso sería un problema. Al contrario. La frescura, cuando es genuina, siempre es bienvenida.

Lo interesante es que estos espacios han logrado algo que durante décadas persiguieron la radio y la televisión: hacer sentir al espectador que no está mirando un programa, sino formando parte de una conversación. Y ahí empieza la paradoja. Porque cuanto más cerca se siente el público, más lejos parece quedar la vieja idea de que comunicar implica una responsabilidad.

La victoria de los que no tenían que ganar

Durante años, los medios tradicionales fueron acusados -muchas veces con razón- de ser solemnes, distantes y autorreferenciales. El periodista hablaba desde una especie de púlpito invisible. Sabía cosas. Explicaba cosas. Ordenaba el mundo para los demás. Entonces apareció una generación que no quería explicar nada. Quería conversar. Y ganó. Ganó porque entendió algo que los medios no habían comprendido: las personas estaban cansadas de escuchar discursos y tenían hambre de escuchar voces. No buscaban maestros. Buscaban compañía.

Por eso los estudios de streaming se parecen más a una sobremesa que a una redacción. Hay mates, risas, interrupciones, bromas privadas, anécdotas mínimas y una estética deliberadamente imperfecta. El mensaje parece ser: “Somos como vos”. Y probablemente esa sea la mayor innovación comunicacional de los últimos años.

El triunfo de la autenticidad… o de su actuación

Hay una idea que circula desde hace tiempo en la psicología: las personas no buscan necesariamente la verdad, sino aquello que les permita sentirse acompañadas en su verdad. Quizás por eso estos formatos funcionan tan bien. La audiencia no exige precisión quirúrgica. Exige cercanía emocional. Quiere sentir que conoce a quienes están del otro lado. Que podría tomar un café con ellos. Que forman parte de la misma tribu.

Sin embargo, aquí aparece otra paradoja. Nunca habíamos tenido tantos comunicadores que reivindican la espontaneidad y, al mismo tiempo, nunca habíamos visto una espontaneidad tan cuidadosamente producida. Porque el desorden también se diseña. La improvisación también se ensaya. Y la naturalidad, muchas veces, termina convirtiéndose en un producto.

Cuando el living se convierte en una redacción

Hace unos días una conductora anunció la muerte del padre de Lionel Messi. La noticia era falsa. Hubo disculpas. Hubo explicaciones. Hubo consecuencias. Pero el episodio dejó una pregunta más interesante que el error mismo. ¿Qué ocurre cuando un espacio construido para conversar comienza a informar?

Porque una charla admite rumores. El periodismo no. Una sobremesa tolera imprecisiones. Una noticia no. El problema no es que alguien se equivoque. Los periodistas llevan más de un siglo equivocándose. El problema es olvidar en qué momento dejamos de ser un grupo de amigos hablando y pasamos a ser un medio de comunicación.

La diferencia parece pequeña. Pero es enorme. Un comentario equivocado entre cuatro amigos muere en la mesa. Un comentario equivocado frente a cientos de miles de personas se convierte en un hecho público.

El espectador que ya no mira

Hay algo que vale la pena observar desde los márgenes, allí donde la vida cotidiana revela cosas que los grandes análisis suelen pasar por alto. Y tal vez el dato más importante no esté en quienes transmiten. Está en quienes miran. El espectador clásico observaba. El usuario actual participa. Comenta. Corrige. Insulta. Aplaude. Se siente parte del programa. Ya no consume contenido. Lo habita.

Por eso muchas veces los códigos internos son tan importantes. Los chistes que nadie entiende desde afuera no son un error de comunicación. Son una contraseña. Una forma de distinguir quién pertenece y quién no. Toda tribu necesita señales de reconocimiento. Y los streamings han construido las suyas con una eficacia notable.

El regreso de la fogata

Quizás estemos asistiendo, paradójicamente, a un fenómeno muy antiguo. Durante miles de años los seres humanos se reunieron alrededor de una fogata para escuchar historias. Después llegaron los diarios. Luego la radio. Después la televisión. Y ahora volvemos a reunirnos alrededor de otra fogata.

Sólo que esta vez la llama es una pantalla. La diferencia es que antes había una distancia clara entre quien contaba la historia y quien la escuchaba. Hoy esa frontera se ha vuelto borrosa. Todos hablan. Todos opinan. Todos transmiten. Todos son potencialmente emisores. Y cuando todos hablan al mismo tiempo, la autoridad pierde peso, pero la influencia no desaparece. Simplemente cambia de rostro.

Ni apocalipsis ni paraíso

Sería fácil concluir que estos canales representan la decadencia de los medios. También sería fácil sostener que representan el futuro perfecto de la comunicación. Probablemente ambas afirmaciones sean falsas.

Como suele ocurrir, la verdad vive en un lugar menos cómodo. Los streamings han democratizado la palabra, acercado generaciones y creados formatos más humanos que muchos programas tradicionales. Pero también han demostrado que la cercanía no reemplaza al rigor. Que la simpatía no sustituye a la responsabilidad. Y que un micrófono, aunque esté rodeado de risas, sigue siendo un micrófono.

Quizás la gran enseñanza de este fenómeno sea que la sociedad ya no busca voces perfectas. Busca voces reales. El desafío consiste en recordar que ser real no exime de ser responsable. Porque una comunidad puede construirse alrededor de una conversación. Pero la confianza -esa materia prima tan escasa en nuestro tiempo- sigue construyéndose alrededor de la verdad.