
Por Rodolfo Omar Romano Sforza
Los demás
La visita del Papa a España llena plazas y portadas. Pero hay una pregunta más vieja que cualquier titular: ¿qué ocurre con quien nació al otro lado de nuestra fe?
Mientras León XIV recorre España, entre multitudes y banderas, una pregunta antigua circulaba en silencio por debajo del ruido. No era una pregunta nueva. La formularon hace siglos los teólogos, la susurran hoy los padres cuando piensan en sus hijos, y aparece con una claridad brutal en cuanto uno se detiene a mirar al mundo tal como es: diverso, irreducible, lleno de personas que nacieron en distintos lados sin haberlo elegido.
La pregunta es esta: ¿qué ocurre, desde el punto de vista de la fe cristiana, con el niño que aprendió a rezar en árabe en Casablanca? ¿Con la niña budista de Kioto? ¿Con el joven de Madrid que no sabe exactamente qué creer, pero trata de vivir con honestidad?
No son categorías. Son personas.
La tradición no habló siempre con una sola voz
Durante siglos, amplias corrientes del pensamiento cristiano respondieron a esta pregunta con seguridad. Agustín de Hipona -quizás el teólogo más influyente del primer milenio- construyó una teología donde la pertenencia explícita a la Iglesia era condición necesaria para la salvación.
Fulgencio de Ruspe, su fiel discípulo del siglo VI, lo formuló con una crudeza que hoy cuesta leer: “quienes mueren fuera de la Iglesia católica, incluidos los no bautizados, van al fuego eterno”.
Pero la tradición es más amplia que sus formulaciones más estrictas. Tomás de Aquino introdujo la idea del “bautismo de deseo”: alguien puede recibir la gracia sin haber accedido formalmente al sacramento, si su corazón está orientado hacia Dios sin saberlo.
John Henry Newman, ya en el siglo XIX, insistió en la primacía de la conciencia individual -no como excusa para el relativismo, sino como el lugar donde Dios habla a cada persona antes de que ninguna institución lo haga-.
Pero fue Karl Rahner quien, en el siglo XX, dio forma teológica a lo que muchos intuían. Su concepto de “cristianos anónimos” propuso que la gracia de Cristo puede actuar en personas que no lo conocen por nombre, pero que viven según los valores más profundos del evangelio.
No era una manera de decir que todas las religiones son iguales. Era una manera de decir que Dios no queda atrapado dentro de nuestros mapas.
Fuera de la fe, también hubo bondad
La conversación no pertenece solo a los creyentes. Bertrand Russell pasó su vida defendiendo el agnosticismo con rigor filosófico -y también defendiendo la compasión, la honestidad intelectual y la dignidad humana con una coherencia que pocos podrían cuestionar-.
Albert Camus nunca abrazó ninguna religión, y sin embargo construyó su obra alrededor de una pregunta moral urgente: cómo vivir con justicia en un mundo donde el sufrimiento no tiene explicación satisfactoria.
Quien observe la historia con cierta serenidad descubre que la bondad no respeta etiquetas: aparece en monasterios y en laboratorios, en parroquias de barrio y en personas que jamás pisaron una iglesia.
Esto no prueba nada en términos dogmáticos. Pero obliga a quien cree a preguntarse qué tipo de Dios imagina: uno que premia la geografía del nacimiento, o uno cuya mirada va más adentro.
No todas las diferencias, pero sí un nuevo acento
Ni Francisco ni León XIV han dicho que todas las religiones conduzcan al mismo lugar. No han abandonado la centralidad de Cristo en la teología cristiana. Lo que sí han hecho -y no es poca cosa- es cambiar el tono.
Han propuesto que el diálogo no es una capitulación, que el encuentro con quien piensa distinto no obliga a renunciar a las propias convicciones, y que “despreciar al otro en nombre de Dios es una contradicción en todos los términos”.
En una Europa que ya no puede pensarse a sí misma como culturalmente homogénea, ese acento importa. No porque resuelva las tensiones doctrinales -no las resuelve- sino porque propone una forma de vivir con ellas sin convertirlas en muros. “Nadie puede acercarse auténticamente a Dios despreciando a quienes piensan distinto”.
Donde la teología se vuelve humana
Quizás el lugar donde esta discusión se vuelve más honesta es cuando dejamos de hablar de sistemas y pensamos en un niño. Un niño no elige su país, su religión, su lengua, sus tradiciones.
Ni siquiera elige a sus padres.
La pregunta sobre qué le ocurre a ese niño obliga a preguntarse qué tipo de justicia imaginamos. ¿Una justicia que premia circunstancias que nadie eligió? ¿O una que mira más adentro, hacia lo que cada persona hace con lo que recibió?
Las respuestas seguirán variando según las convicciones de cada uno
Pero incluso entre quienes sostienen posiciones muy distintas existe un suelo común: la intuición de que la dignidad de una persona no depende de dónde nació. Esa intuición -sencilla, resistente, difícil de argumentar en contra- es quizás el único lugar desde el que puede comenzar una conversación real.
No para borrar las diferencias. Sino para aprender a mirar a quien las encarna no como una categoría, sino como alguien. Y ahí, precisamente ahí, la pregunta deja de ser teológica para volverse humana.
