Europa vuelve a mirar a la calle

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

Cuando la política no ofrece respuestas

Europa vuelve a mirar a la calle

Francia vivió el sábado una de sus jornadas de protesta más tensas de los últimos años. Italia registró enfrentamientos en Milán. En Bélgica, grupos de estudiantes se enfrentaron a la policía, mientras Portugal volvió a poner en primer plano la crisis de la vivienda y el coste de la vida. En Albania, las manifestaciones contra el Gobierno sumaron otro capítulo a una confrontación que excede las reivindicaciones económicas.

No hay una convocatoria común ni una dirección política compartida. Hay, sin embargo, una coincidencia que merece atención: en distintos países, demandas particulares empiezan a dibujar un escenario de descontento más amplio. ¿Se trata de una suma de conflictos nacionales o de síntomas diferentes de una misma dificultad para responder a las expectativas sociales?

Francia: de las aulas a la calle

La jornada del 17 de octubre dejó una imagen difícil de reducir a una sola consigna. Según el Ministerio del Interior francés, unas 550.000 personas participaron en 110 manifestaciones; los organizadores elevaron la cifra a 800.000. Las marchas reunieron a estudiantes, sindicatos, docentes y sectores vinculados a anteriores protestas sociales.

Las reivindicaciones abarcan las condiciones de la enseñanza, la financiación de los servicios públicos, los salarios y el coste de la vida. Pero la dimensión de las movilizaciones quedó acompañada por escenas de violencia en varias ciudades. Hubo incendios, saqueos, daños a edificios públicos y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Las autoridades informaron de unas 400 detenciones.

El Gobierno atribuyó parte de los disturbios a grupos radicales y a personas que aprovecharon las marchas para cometer delitos. La mayoría de los participantes, no obstante, no protagonizó incidentes violentos. Distinguir ambos fenómenos resulta necesario para comprender lo ocurrido sin convertir una protesta multitudinaria en una explicación única.

Francia arrastra una sucesión de conflictos sociales y una prolongada discusión sobre las reformas económicas, el gasto público y la representación política. La pregunta ya no es solamente qué reclaman quienes marchan, sino qué capacidad conserva el sistema político para procesar esas demandas antes de que la confrontación ocupe el centro de la escena.

Italia: el malestar también tiene escaparate

En Milán, la protesta comenzó con reivindicaciones contra la guerra y el encarecimiento de la vida. La jornada terminó con enfrentamientos, comercios saqueados, barricadas incendiadas y una intervención policial con gases lacrimógenos y cañones de agua. Se informó de agentes heridos y de alrededor de medio centenar de manifestantes detenidos.

La primera ministra Giorgia Meloni condenó los actos violentos y defendió el derecho a manifestarse. El alcalde milanés, Giuseppe Sala, reconoció la legitimidad de algunas de las reivindicaciones, pero rechazó los daños provocados.

En las calles italianas confluyen preocupaciones por los salarios, las pensiones, los servicios públicos y el gasto militar. No todas responden a una misma organización ni expresan idéntica posición política. Lo ocurrido en Milán plantea, sin embargo, una cuestión conocida en otros países: cómo evitar que la violencia de una parte termine desplazando las razones por las que salió a protestar el conjunto.

Bélgica y Portugal: otras formas de una misma inquietud

En Bruselas, varios centenares de jóvenes se movilizaron contra el aumento de los costes educativos y reformas que, a su juicio, podrían dificultar el acceso a la universidad. La protesta derivó en enfrentamientos y obligó a la policía a utilizar gases lacrimógenos y cañones de agua. También hubo manifestaciones en Lieja.

En Portugal, la escena fue distinta. Decenas de miles de personas marcharon por Lisboa, convocadas por organizaciones sindicales, para reclamar mejores salarios y pensiones y denunciar el aumento del coste de la vida. La vivienda ocupó un lugar central: el encarecimiento de los alquileres y la dificultad de acceder a una casa se han convertido en una preocupación cotidiana para amplios sectores de la población.

Activistas instalaron tiendas de campaña en el centro de la capital para llamar la atención sobre el problema. El contraste con los disturbios de Francia e Italia no elimina el vínculo entre ambos escenarios: en todos ellos aparece una discusión sobre las condiciones materiales de vida y la respuesta de los poderes públicos.

Albania y el mapa que no termina en la Unión Europea

En Albania, las protestas contra el Gobierno de Edi Rama han incorporado denuncias de corrupción y reclamos de dimisión. Los enfrentamientos con la policía muestran una crisis de naturaleza más directamente política, aunque comparte con otras movilizaciones el cuestionamiento de las instituciones y la percepción de que las respuestas oficiales resultan insuficientes.

Al mismo tiempo, las preocupaciones por la educación, el empleo y el coste de la vida se expresan en otros países europeos, aunque con distinta intensidad y sin una estructura coordinadora común. La simultaneidad puede sugerir una ola continental, pero no demuestra por sí misma que exista un movimiento único.

Las diferencias importan. No es lo mismo una protesta sindical por los salarios que una movilización contra un Gobierno acusado de corrupción, ni una marcha pacífica que un ataque a edificios públicos. Agruparlo todo bajo la etiqueta de una Europa en rebelión puede resultar tan impreciso como considerar cada episodio un hecho aislado.

El desafío de escuchar

Desde Madrid, el mapa devuelve una pregunta que también interpela a España: ¿qué sucede cuando la distancia entre las expectativas sociales y las respuestas institucionales se prolonga? La vivienda, los salarios, la educación y los servicios públicos no son problemas idénticos en todos los países, pero aparecen una y otra vez en las reivindicaciones.

La violencia plantea, a su vez, un desafío distinto. Proteger el derecho a manifestarse, investigar los delitos y garantizar la seguridad son obligaciones compatibles, aunque en la práctica puedan entrar en tensión. Ni los saqueos explican todo el descontento ni el descontento justifica los saqueos.

Los gobiernos afrontan ahora la tarea de distinguir entre demandas que requieren negociación, problemas que necesitan decisiones presupuestarias y actos violentos que deben investigarse. Los manifestantes, por su parte, expresan una diversidad de intereses que no puede resumirse en una sola voz.

Europa no se ha levantado bajo una única bandera

Pero varias de sus ciudades han mostrado, en pocos días, que la estabilidad institucional no elimina las preguntas sobre el coste de vivir, las oportunidades disponibles y la confianza en quienes gobiernan.

La cuestión permanece abierta: ¿están las instituciones ante una sucesión de crisis que podrán gestionar por separado, o frente a una señal más profunda de que la política necesita encontrar nuevas formas de escuchar y responder?