lunes, 05 octubre 2026
La casa que no preguntó a quién votábamos

Por Rodolfo Omar Romano Sforza
Cuando yo era chico vivíamos en la localidad de San Andrés, en la provincia de Buenos Aires, en una casa de madera. De esas que llamaban prefabricadas. Era de alquiler. Tenía lo mínimo. Un solo dormitorio, para mis padres. Mi hermana y yo dormíamos en la cocina. Un baño y cada vez que llovía: inundaciones.
Mi padre era empleado municipal, pero no de oficina: era pintor de brocha gorda. Mi madre hacía la limpieza, era mucama en un hospital. Dos trabajos honestos y duros, con sueldos de trabajadores. Cada fin de mes se repetía la misma cuenta: cuánto alcanzaba, cuánto faltaba y cuánto había que guardar para el alquiler siguiente.
En ese tiempo se hablaba de unos barrios nuevos, con calles recién abiertas, casas bajas de material tipo chalecitos californianos, jardín al frente y plazas alrededor. Se los veía crecer desde lejos, como se mira algo que pertenece a otros.
Para nosotros eran otra vida.
El gobierno peronista, construyó
Muchos barrios obreros con casas de ese estilo. Luego organizaba sorteos entre los obreros. Mi padre salió favorecido en el sorteo. La casa se obtuvo mediante un crédito del Banco Hipotecario, a pagar durante décadas. Recuerdo que podían ser treinta años o más y, sobre todo, que la cuota era accesible para una familia obrera. No se trataba de quedar atrapados por una deuda imposible, sino de poder pagar una vivienda con el salario de un pintor municipal y una mucama de hospital.
Y hay un dato fundamental para contar esta historia:
En mi familia nadie era peronista. Mis padres eran de la Union Cívica Radical -un partido de la oposición-. No estaban afiliados al Partido Peronista. Sin embargo, una política del gobierno de Perón llegó hasta nuestra puerta.
La casa no le preguntó a quién votaban mis padres.
El problema de la vivienda
La política habitacional del primer peronismo no apareció de la nada.
Argentina llevaba décadas enfrentando problemas de vivienda vinculados con el crecimiento urbano, la industrialización y las migraciones internas. En los años cuarenta, Buenos Aires y el conurbano recibían trabajadores de otras provincias, y el déficit habitacional rondaba, según una investigación sobre el Banco Hipotecario Nacional, las 650.000 viviendas.
A partir de 1946, el Estado amplió su intervención: barrios, créditos hipotecarios, nuevas regulaciones del mercado inmobiliario. La pregunta era concreta: ¿podía un trabajador, con su salario, llegar a tener una casa propia? El Estado intentó que esa posibilidad dejara de ser excepcional.
El Banco Hipotecario: la llave de la casa
Entre 1946 y 1955, el Banco Hipotecario Nacional otorgó 302.938 préstamos para la casa propia. Según una investigación basada en documentación del propio banco, el 59% se concedió a partir de 1952, cuando los créditos se orientaron a viviendas obreras de menor superficie y costo.
La cifra es importante, pero muestra también los límites: frente a un déficit de cientos de miles de viviendas, la respuesta fue considerable, aunque parcial.
En nuestra familia como en tantas otras, el crédito hizo la diferencia. Para mis padres había una enorme distancia entre pagar un alquiler y pagar una cuota. El alquiler terminaba cada mes. La cuota podía convertirse, con los años, en una propiedad. Y la propiedad significaba algo más que ladrillos: seguridad, patrimonio, una posibilidad distinta para los hijos.
Dejamos atrás la casa de madera. Mi hermana y yo dejamos de dormir en la cocina.
Un chalé para el trabajador
Aquellos barrios expresaban una idea de cómo debía vivir una familia obrera. Muchos proyectos incorporaban espacios verdes, jardines, escuelas y otros servicios; los estudios sobre los barrios estatales del Gran Buenos Aires los muestran como proyectos de organización urbana y social.
La casa era modesta. Pero podía tener jardín, cocina, comedor, dos dormitorios, una sala. Un baño. Podía ser propia. Para una familia que venía de una casita prefabricada de alquiler, era un salto enorme. La estadística habla de miles de viviendas. Una familia recuerda una llave.
La otra cara: proteger al inquilino
Contar sólo esa parte sería convertir la historia en una celebración.
En esos años existió otra política de enorme impacto: la regulación de los alquileres. Y conviene una precisión: el control no empezó con Perón. Las primeras medidas de emergencia son de 1943, bajo el gobierno militar, y los gobiernos peronistas las continuaron y profundizaron.
Para quien alquilaba, como mis padres entonces, los efectos fueron muy favorables. Un estudio sobre el período estima que entre 1943 y 1955 los alquileres aumentaron apenas 27,8%, mientras el costo de vida crecía alrededor de 700%. También se restringieron los desalojos.
Cuando proteger al inquilino afectó al propietario
El congelamiento redujo la rentabilidad de las propiedades en alquiler, y las restricciones a los desalojos limitaban la capacidad de los dueños para disponer de sus inmuebles.
No todos eran grandes rentistas y no existían los fondos Buitres: había pequeños propietarios para quienes un alquiler era parte importante de sus ingresos. Según las investigaciones, el congelamiento afectó a pequeños y grandes, y desalentó la inversión privada en viviendas para alquilar. Ahí aparece una de las contradicciones de aquella política: el Estado protegía a quien ya alquilaba, pero parte del costo recaía sobre quien alquilaba su propiedad, y había menos incentivos para construir.
El beneficio de unos podía convertirse en el problema de otros.
Dos políticas que convivieron
Mientras regulaba el mercado de alquileres, el Estado impulsaba por otra vía el acceso a la propiedad. El crédito y los barrios obreros buscaban que el trabajador dejara de ser inquilino y se convirtiera en propietario. La Ley de Propiedad Horizontal de 1948 abrió además la propiedad individual de departamentos.
Pero no todos recibieron los mismos beneficios.
La construcción estatal varió según ciudades y regiones, y el déficit no desapareció. Sería exagerado decir que el peronismo resolvió el problema de la vivienda. Pero sería difícil negar que modificó la escala de la intervención estatal y que, para muchas familias trabajadoras, tuvo consecuencias concretas.
Una de ellas fue mi familia.
La política termina en la puerta de una casa
Algo suele perderse cuando la historia se cuenta sólo desde los partidos: las políticas públicas no llegan únicamente a quienes votan por el gobierno que las aplica. Mis padres eran radicales. Un pintor municipal y una mucama de hospital recibieron una vivienda construida dentro de una política habitacional peronista.
No cambiaron de partido. No se afiliaron. No tuvieron que hacerlo. Tuvieron una casa.
Eso no vuelve buena toda la política habitacional del peronismo, ni los problemas del control de alquileres borran el beneficio que significó para muchas familias. Las dos cosas pueden ser ciertas: un trabajador podía recibir un crédito accesible, un inquilino beneficiarse de un alquiler congelado y un propietario sufrir durante años las consecuencias de esa regulación.
Una casa y una pregunta
Con los años, las discusiones sobre Perón adquirieron nuevas lecturas. Para algunos, aquellas viviendas son parte de la historia de la justicia social; para otros, la regulación del mercado inmobiliario dejó consecuencias negativas que se prolongaron mucho tiempo. Mi padre recibió una llave. Mi madre, que limpiaba hospitales, tuvo una casa digna para criar a sus hijos. Mi hermana y yo dejamos de dormir en la cocina. Mis padres, que eran radicales, pagaron durante décadas una vivienda que pudieron obtener gracias a una política peronista.
Esa es mi memoria. Pero una memoria no alcanza para escribir la historia
Hay que mirar también al inquilino protegido, al propietario que perdió ingresos, al trabajador que no consiguió crédito, al constructor que encontró un mercado cada vez más regulado y al Estado que asumió un papel antes mucho más limitado.
La vivienda fue política social, patrimonio, derecho, negocio y herramienta política. Quizás por eso sigue siendo tan difícil hablar de ella sin caer en las trincheras de siempre. Aquella casa me dejó una pregunta que no es peronista ni antiperonista. Es, simplemente, una pregunta sobre la Argentina: ¿qué pasó con aquella posibilidad de que un trabajador, con un salario común y un crédito de largo plazo, pudiera llegar a tener una casa propia?
La respuesta quizás no esté sólo en la historia del peronismo. Tal vez también esté en lo que vino después. Y en lo que todavía no hemos resuelto.
Epílogo
La casa no fue lo único que recibí de aquel país.
Mi salud la cuidó la sanidad pública, que era muy buena y alcanzaba a todos, también a una familia como la mía. Estudié siempre en escuelas, colegios y universidades públicas. Nadie me preguntó cuánto tenían mis padres ni a quién votaban. Había un Estado que, con sus defectos, llegaba.
Hace años que casi nada de eso existe como lo viví, o está muy deteriorado.
No escribo desde la nostalgia ni para sumar un argumento más a las trincheras de siempre. Escribo porque, mirando hoy a Argentina, y mirando también a España, el país donde vivo y desde el que trabajo, encuentro la misma palabra repetida: crisis. De la vivienda, de la sanidad, de la educación, del futuro de los jóvenes.
Desde hace mucho tiempo soy corresponsal de prensa extranjera en España. Mi oficio es contar historias, las que viven detrás de las cifras y de los titulares. Hoy, como contador de historias, conté la mía. No pretendo que sea un modelo ni una receta. Es apenas un recuerdo de un tiempo en que un pintor municipal y una mucama de hospital podían imaginar una casa propia, una salud que los cuidara y una escuela para sus hijos.
Ojalá aporte algo a la conversación, y ojalá nos ayude a recordar que algunas cosas que hoy parecen imposibles alguna vez fueron cotidianas.
