Argentina hoy: ‘lo bueno, lo malo y lo feo’

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

Una explicación para españoles que todavía intentan entender qué está pasando al otro lado del charco.

Madrid, 25 de octubre – En España recordamos la prima de riesgo de 2012. En Argentina hay un primo parecido, aunque bastante más nervioso: el riesgo país. Mide cuánto más interés exige el mercado para prestarle dinero al Estado argentino que a Estados Unidos. Cuando sube, es como si el mundo dijera: “Te presto, pero no me fío demasiado de ti”.

Y Argentina lleva décadas escuchando esa frase.

Para entender a Javier Milei hay que mirar lo que hizo desde que llegó al poder, pero también lo que encontró al abrir la puerta. Porque ningún país se convierte en un problema de un día para otro, aunque a veces elija a un presidente que promete arreglarlo todo con una motosierra.

Lo bueno

Por primera vez en mucho tiempo, las cuentas públicas volvieron a ser una prioridad. Argentina llevaba años gastando más de lo que ingresaba, tapando agujeros con deuda o emisión monetaria. Milei puso el déficit en el centro de la escena y consiguió superávit fiscal.

No es un detalle menor: un Estado no puede gastar indefinidamente dinero que no tiene.

También bajó la pobreza respecto al pico del 52,9% registrado en el primer semestre de 2024. Pero esa mejora no fue una línea recta ni una garantía de bienestar permanente: los indicadores sociales argentinos siguen siendo muy sensibles a la inflación, los salarios y el empleo.

Hay, además, una oportunidad que no depende de los discursos presidenciales. Vaca Muerta puede convertir a Argentina en un proveedor energético relevante. El país tiene recursos para exportar petróleo y gas, atraer inversiones y conseguir los dólares que tanto necesita.

El Gobierno sostiene que la estabilidad cambiaria es la llave para domar la inflación. Tiene lógica: si los precios dejan de correr, las familias pueden volver a planificar algo más que la compra del supermercado.

El problema es que la estabilidad no llena por sí sola la nevera.

Lo malo

La pobreza volvió a subir. Detrás de cada porcentaje hay alguien que hace cuentas en la cocina, cambia una marca por otra y descubre que el sueldo se termina varios días antes que el mes.

La economía real tampoco avanza necesariamente al ritmo que esperan los mercados. Miguel Ángel Broda, economista liberal y crítico con la aplicación del programa, advierte sobre la distancia entre el entusiasmo financiero y una producción y un consumo que todavía muestran debilidades. También cuestiona abrir la economía con un peso demasiado apreciado, porque competir contra productos importados puede ser una carrera imposible para determinadas empresas argentinas.

Carlos Melconian comparte la necesidad de ordenar las cuentas, pero ha advertido sobre los riesgos cambiarios y la fragilidad de las reservas. Su temor a que estas terminen agotándose es una previsión, no un hecho consumado.

Porque aquí está la trampa: ahorrar pesos no significa tener dólares. Argentina necesita exportar, invertir, acumular reservas y recuperar el crédito. Un superávit fiscal puede evitar una parte de los problemas; no resuelve automáticamente todos los demás.

Lo feo

Milei llegó prometiendo estabilidad y terminó convirtiendo buena parte de la política en un ring. El insulto puede funcionar en las redes sociales, pero los inversores, además de mirar las cuentas, quieren saber qué reglas habrá mañana.

Tampoco ayudan las promesas que se adelantan a la realidad. Cuando un presidente anuncia que la inflación será casi cero, el calendario se convierte en un adversario. Juan Carlos de Pablo, economista cercano al Gobierno, ha pedido prudencia ante ese tipo de pronósticos.

Y luego está 2027. La economía necesita tiempo, pero la política tiene elecciones. Si los salarios no recuperan terreno, el empleo no mejora y el crédito sigue siendo caro, el respaldo social puede debilitarse. El problema no es que Milei quiera ser reelegido; es que cualquier proyecto económico necesita sobrevivir al día en que los ciudadanos vuelven a votar.

Mucha motosierra y poca política

Argentina tenía un Estado que creció durante décadas. Los gobiernos anteriores ampliaron estructuras administrativas y empleo público en distintos niveles, y sus críticos sostienen que parte de ese crecimiento respondió más a necesidades políticas que a necesidades reales.

Conviene distinguir. Un médico de hospital, un maestro y un funcionario que tramita una jubilación no son gastos superfluos por definición. El problema aparece cuando se acumulan puestos redundantes, contrataciones sin justificación suficiente y organismos cuyo coste no se traduce en mejores servicios.

Todo eso lo pagan los ciudadanos con impuestos. Y, cuando el dinero no alcanza, la factura puede trasladarse a la deuda o a la emisión monetaria.

Milei convirtió esa crítica en una bandera

La dificultad está en reducir lo innecesario sin destruir lo necesario, y en repartir el coste sin cargarlo siempre sobre quienes menos pueden soportarlo. Pero hay otra cuestión: gobernar no consiste únicamente en recortar una hoja de cálculo. También consiste en conseguir votos.

Los gobernadores necesitan recursos, los diputados negocian leyes y los senadores representan intereses distintos. El Gobierno ha tenido dificultades para construir acuerdos duraderos con parte de ellos. Incluso economistas cercanos al oficialismo han advertido que, sin coordinación entre el Ejecutivo y el Congreso, los avances económicos pueden quedarse sin sustento político.

La motosierra puede cortar gastos. No puede aprobar presupuestos, negociar reformas ni construir mayorías.

Para entender a Milei, hay que entender de dónde viene Argentina

El peronismo nació con Juan Domingo Perón en 1946 y gobernó durante buena parte de la historia posterior. Pero no fue siempre lo mismo. Perón impulsó derechos laborales y una economía con fuerte intervención estatal. Menem, también peronista, privatizó empresas y ató el peso al dólar. Néstor y Cristina Kirchner recuperaron un Estado más protagonista.

Los gobiernos no peronistas tampoco salieron indemnes: la hiperinflación de Alfonsín, el colapso de 2001 con Fernando de la Rúa y el endeudamiento durante la presidencia de Mauricio Macri forman parte de la misma historia de crisis recurrentes.

Los críticos del kirchnerismo sostienen que el crecimiento de los primeros años se apoyó en la recuperación posterior a 2001 y en los precios internacionales favorables. Después llegaron, según esa interpretación, las distorsiones, la inflación, las restricciones cambiarias y la escasez de dólares.

Sus defensores recuerdan que el país salió del infierno de 2001, con pobreza masiva y un desempleo extraordinario, y que durante los primeros años hubo crecimiento y mejoras sociales. Incluso economistas críticos señalan que faltó una transformación productiva capaz de sostener el crecimiento cuando se agotaron los dólares.

En materia judicial, también importa distinguir hechos de acusaciones. Cristina Kirchner tiene una condena firme en la causa Vialidad, que incluye seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos; ella denuncia persecución política. Otras causas, como Cuadernos, deben juzgarse según su estado procesal, sin presentar acusaciones como condenas. Alberto Fernández, por su parte, ha afrontado procesos judiciales que no equivalen por sí mismos a una condena.

Todo esto ayuda a explicar el hartazgo que llevó a Milei al poder. No fue solamente un voto a favor de sus ideas. Para muchos argentinos fue también un voto contra una forma de hacer política que asociaban con inflación, promesas incumplidas y corrupción.

La pregunta que queda abierta

Ordenar las cuentas era necesario. Pero un país no es una empresa que se arregla despidiendo personal y cerrando departamentos. También necesita hospitales, escuelas, carreteras, inversión, salarios que alcancen y ciudadanos que crean que el esfuerzo sirve para algo.

Milei tiene ante sí el desafío de demostrar que el ajuste puede convertirse en una economía que produzca más, exporte más y genere empleo. Y la oposición tiene el desafío de explicar cómo evitaría volver a los desequilibrios que contribuyeron a la crisis. Argentina lleva demasiado tiempo cambiando de rumbo como quien cambia de carril en una autopista para descubrir, unos kilómetros después, que todos conducen al mismo atasco.

Quizá la pregunta no sea quién tuvo toda la culpa

Quizá sea cómo conseguir que el próximo gobierno, sea del signo que sea, no tenga que empezar de cero. Porque el verdadero éxito no será que un presidente termine su mandato diciendo que tenía razón.

Será que una familia argentina pueda hacer la compra sin mirar el precio de cada producto, que un joven encuentre trabajo sin pensar en emigrar y que el Estado cobre impuestos sin que sus ciudadanos sospechen que está pagando una fiesta a la que nunca fue invitado.