La política en modo redes sociales

Omar Romano Sforza

Por Rodolfo Omar Romano Sforza

Mucha pantalla, poca certeza

La política nunca tuvo tantas herramientas para llegar a la gente. Sin embargo, cada vez resulta más difícil saber cuánto interés real despierta. Un dirigente publica un vídeo, recibe miles de comentarios y se convierte en tendencia. Durante unas horas parece que todo el país está pendiente de sus palabras.

Pero basta con salir a la calle para comprobar que la conversación digital no siempre refleja las preocupaciones de la vida cotidiana.

Las redes no inventaron la hipocresía política

Simplemente le pusieron cámara frontal, contador de reproducciones y la posibilidad de convertir cualquier discusión en contenido.

Hoy un político no sólo debe gobernar, proponer o explicar. También tiene que entretener, provocar e indignar, preferiblemente en menos de treinta segundos. Si una idea necesita cinco minutos de explicación, corre el riesgo de perder frente a un meme o una polémica viral.

La política ha aprendido que ya no basta con tener razón: también hay que conseguir que el algoritmo te la dé.

Cada generación tiene su manera de mirar para otro lado

Los jóvenes no necesariamente se interesan menos por la política; se encuentran con ella de otra manera.

Los candidatos aparecen entre vídeos de humor, música e influencers, compitiendo por unos segundos de atención. El problema es que la notoriedad puede llegar mucho antes que las ideas: reconocer una cara o compartir un meme no significa conocer las propuestas de quien lo protagoniza.

Los adultos, por su parte, suelen acercarse a la política cuando afecta directamente a su vida: el sueldo, la hipoteca, el alquiler, los impuestos o la educación de sus hijos. Las grandes discusiones sobre el futuro del país pierden atractivo cuando hay que decidir qué gasto aplazar.

También pueden pasar años criticando a los políticos para terminar votando al mismo de siempre, como si la costumbre fuera un argumento.

Las generaciones mayores tienen la ventaja de la memoria

Y también el peso de las decepciones. Recuerdan promesas, crisis y dirigentes que parecieron imprescindibles. Haber vivido más historia no garantiza haber aprendido más de ella.

En todas las edades hay ciudadanos comprometidos y personas que desconfían de todo, excepto de aquello que confirma sus propias ideas. La edad no determina la lucidez, del mismo modo que tener redes sociales no convierte a nadie en ciudadano informado.

Quizá la verdadera diferencia esté en cómo cada persona administra su atención y en su disposición a revisar sus convicciones.

Los que odian la política, pero no dejan de hablar de ella

Hay quienes aseguran que todos los políticos son iguales y que nada va a cambiar, pero dedican buena parte del día a discutir sobre ellos en internet. Su rechazo es tan constante que casi parece otra forma de afiliación.

También están los militantes y los profesionales de la indignación, para quienes cada controversia representa una oportunidad de demostrar que siempre tuvieron razón. El problema aparece cuando discutir deja de servir para comprender y solo sirve para ganar.

Ya no importa tanto saber qué ocurrió como demostrar que la otra miente. Los datos incómodos se ignoran, las opiniones contrarias se desacreditan y cualquier desacuerdo se convierte en una batalla personal.

Así, la conversación política produce pequeñas victorias individuales que rara vez mejoran la vida colectiva.

El algoritmo no vota

Uno de los errores de esta época es creer que lo que vemos constantemente en las redes representa lo que piensa la sociedad.

Las plataformas amplifican determinadas voces, premian las emociones intensas y favorecen los contenidos que mantienen nuestra atención. La indignación circula más rápido que los matices, y una frase contundente suele imponerse a una propuesta compleja.

Pero las reproducciones no votan, los “me gusta” no pagan impuestos y los comentarios furiosos no constituyen, por sí solos, una demanda social organizada.

Tampoco el silencio significa indiferencia. Hay personas que no publican ni discuten en internet, pero observan, comparan y elaboran sus propias conclusiones. Para la política digital pueden ser difíciles de interpretar; para la democracia, pueden resultar decisivas.

Una tendencia no es una encuesta, una encuesta no es una elección y ganar unas elecciones tampoco significa recibir un cheque en blanco.

La política como espectáculo

Las redes sociales también sirven para informar, denunciar, organizarse y abrir debates. El problema comienza cuando la comunicación sustituye a la gestión y la imagen ocupa el lugar de los resultados.

Una obra pública necesita tiempo para mostrar sus efectos. Una reforma exige debate y evaluación. Una provocación, en cambio, puede garantizar minutos de notoriedad inmediata.

Así aparecen dirigentes más preocupados por la calidad de sus vídeos que por sus decisiones, opositores más interesados en señalar errores que en presentar alternativas y ciudadanos invitados a opinar sobre asuntos de los que apenas han leído el titular.

La política corre el riesgo de convertirse en una industria del entretenimiento con consecuencias reales. Porque sus errores no terminan cuando apagamos la pantalla.

¿Cuánto nos importa, en realidad?

Quizá la cuestión no sea cuánto interesa la política, sino cuánto de lo que vemos en las redes refleja ese interés y cuánto responde a una economía de la atención que necesita mantenernos conectados, enfrentados y pendientes de la próxima polémica.

No hay que idealizar el silencio ni despreciar la participación digital. Hay que distinguir entre exposición y compromiso, entre popularidad y legitimidad, entre una consigna atractiva y una respuesta concreta.

La política ya está en todos los teléfonos

Sus protagonistas han aprendido el lenguaje de las plataformas y los ciudadanos lo consumen con entusiasmo, desconfianza o cansancio. Lo que todavía no sabemos es si esa cercanía nos hace más conscientes de las decisiones que afectan a nuestras vidas o simplemente nos ofrece más oportunidades para discutirlas.

Tal vez no estemos ante una sociedad cada vez más politizada, sino ante una que ha encontrado en la política otra forma de pasar el rato, indignarse entre desconocidos y sentirse protagonista sin hacer demasiado.

Al fin y al cabo, es mucho más sencillo compartir una denuncia que resolver un problema, indignarse con un funcionario que revisar las propias contradicciones y ganar una discusión en internet que comprobar, meses después, si alguien cumplió lo que prometió.