Corrupción en España: ¿Dónde está Eliot Ness?

España ha alcanzado un récord histórico. Pero que los ciudadanos no se engañen. Que no saquen el champán ni el cava, sino sus pañuelos. Y es que hablamos de un triste récord, el de la corrupción. España registró su peor posición en el reciente informe de Transparencia Internacional (TI) sobre percepción de la corrupción en el año 2016. Parecía que se había tocado fondo pero los últimos escándalos de corrupción política, con la cárcel de Soto Del Real convertida en sitio VIP, no deberían sino empeorar ese dato.

De hecho, si analizamos la evolución desde el año 2008, comprobamos que en menos de 10 años, España ha pasado de ocupar el puesto 28 al 41 (el número 1 es el país menos corrupto del total de 176 analizados por TI). De seguir con esa tendencia, España podría acabar en el pelotón de países con una corrupción sistémica, muy  complicada de erradicar.

Con semejante trayectoria, no es de extrañar que el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) arroje como segunda mayor preocupación de los ciudadanos –la primera es el paro-­ la corrupción política y el fraude. Una inquietud que va en aumento. En tan sólo dos meses, la preocupación por la corrupción en España ha pasado del 37,4% al 44,8% de los encuestados, según el barómetro del CIS. Y las previsiones para los próximos meses no pueden ser menos halagüeñas, con los últimos escándalos de corrupción política que van saliendo a la luz.

¿Pero qué ha pasado para que los ciudadanos piensen que la corrupción se ha apoderado de las instituciones y empieza a afectar sus vidas? Por supuesto, las numerosas denuncias de los medios de comunicación han influido mucho. Pero, además de descubrirse  -o más bien filtrarse- diversos casos de corrupción, los ciudadanos tienen la desagradable sensación de que reina la impunidad, en parte por culpa de la politización de la justicia.

Sin lugar a dudas, la crisis ha contribuido también de forma decisiva a este sentimiento. En época de bonanza económica, parece que los casos de corrupción no afectaban tanto a la sociedad. Sin embargo, cuando los ciudadanos han tenido que empezar a apretarse el cinturón, los escándalos de malversación de dinero, enriquecimiento ilícito y de discutibles indultos han hecho mella. No es por lo tanto de extrañar que se haya generado un insoportable sentimiento de indignación que lleva a que España sea el país de la UE donde más ha crecido la percepción de corrupción en los últimos cinco años.

La situación es grave, pero no desesperada. España debe afrontar sin demora y sin parches esa lacra. Los efectos sobre la imagen del país pueden ser muy negativos, con indudables consecuencias sobre posibles inversiones en España, si no se agarra el toro por los cuernos. Un político corrupto tiene la mente ocupada en enriquecerse, y no en lo esencial, que es solucionar problemas y hacer prosperar su país.

Pero, curiosamente, no parece que exista una voluntad clara de acabar con ese mal. Algunos de los últimos escándalos desvelados en la prensa se remontan incluso a treinta años atrás. Cuesta imaginar que nadie supiera nada de todos estos clamorosos casos de corrupción. ¿Podría ser que existan dosieres comprometedores que se guardan en los cajones y sólo se sacan en caso de necesidad, como cortinas de humo, por ejemplo, para tapar otros tufos? Llegamos pues a una situación en la que no es inimaginable suponer que puede interesar más colocar en sitios claves a personas “controlables” antes que personas intachables sobre las que no se puede influir y que sólo trabajarían por el bien de su país. España necesita con urgencia a un “Eliot Ness”, un intocable, un incorruptible de la política que más allá de crear comisiones contra la corrupción, empezaría por eliminar los aforados (España es el país europeo con mayor número de ellos), acabaría con el clientelismo político y, sobre todo, devolvería la independencia del sistema judicial, muy tocada tras la reforma de la Ley del Poder Judicial en 1985. Se le atribuye al entonces vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra la famosa frase: “¡Montesquieu ha muerto!”. Ya es hora de que resuciten a Montesquieu, gran defensor de la independencia de los tres poderes del Estado.

España: las comparaciones son odiosas

Con respecto al resto de sus vecinos europeos, TI recalca que  España se sitúa en una posición intermedia, concretamente en el puesto 41, bastante por encima de otras naciones mediterráneas europeas como Italia y Grecia (en las posiciones 60 y 69 respectivamente), pero muy por debajo de Portugal y Polonia que le adelantan en 12 puestos. El caso de Polonia es espectacular, ya que ha pasado en 9 años del puesto 58 al 29.

Los países nórdicos siguen liderando el ranking: Dinamarca, que encabeza la lista desde hace años, Suecia y Noruega (cuarto y sexto) y otros vecinos del Viejo Continente como Alemania, Luxemburgo o Países Bajos, que empatan en la posición novena y décima. 

Si ampliamos nuestro análisis, descubrimos que países como los Emiratos Árabes Unidos, Cabo Verde, Brunei o Lituania han mejorado su posición, y se encuentran delante de España. Por último, cabe destacar países como Uruguay, Chile, Costa Rica o Botsuana, todos por encima de España, y que parecen pequeños oasis de integridad, en medio de un océano de tiburones de la corrupción.

 

Por Armelle Pape Van Dyck.

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